sábado, 24 de enero de 2015

"Francisco, un señor perro"

Nota publicada en el blog de Moira Soto: "Damiselas en apuros"
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Algo me pasó siempre con sus ojos. Podía quedarme minutos, horas contemplándolos fijamente. Dialogando en una forma de comunicación única, de alma, espiritual. Lo que conversábamos no era con palabras, era un lenguaje que trasciende los significados, que transporta, hermana. Siempre me ocurrió eso. Sabía que era un misterio, pero me gustaba. Me sentía exclusivo, capaz de compartir secretos con otros seres que no suelen comunicarse así con las personas. O por lo menos, eso sentía yo. Por eso mis continuas visitas al zoológico, donde podía permanecer desde que abrían hasta que cerraban y conocer una a una a casi todas las especies que allí permanecían encerradas. Por eso mis horas de distracción en las tiendas de mascotas, en la plaza observando los árboles o en el campo, a la espera de algún desprevenido corredor nocturno.

Mi amor por los animales comenzó así, desde muy pequeño; y se consolidó cuando conocí a Francisco. Fue de grande, de bastante grande. Acudí a la desaparecida MAPA (Movimiento Argentino de Protección al Animal) a buscar un cachorrito. Quería criarlo, jugar al papá. Apenas entré al lugar, todos, absolutamente todos, perros y gatos, comenzaron a hacer fiesta y monerías en sus caniles y jaulas. Como me ufano de conocerlos perfectamente por esa comunicación silenciosa que sostenía con todos ellos desde chico, supe que pedían adopción. Pero había unos pocos perros atados a las patas de las jaulas, los más grandes. Uno de tamaño mediano y pelaje holando argentino se incorporó en dos patas, me agarró el brazo con sus dos patitas delanteras y me miró fijo. Supe que sonreía. Le hablé. Pero con palabras. Comenzó a lamerme la cara sin parar. Me incorporé, él se quedó observándome en sus cuatro patas. Fijo nuevamente, pero en forma vivaz. Sé que sonrió otra vez. Le devolví la sonrisa y, esta vez, le hablé con la mirada. Pegó unos saltos increíbles, hasta donde daba el largo de su cadena. Parecía un delfín. Lo supo: estaba decidido. Alguien de ahí le dijo: “¿Te vas, Francisco?”. Me gustó su nombre. Pero antes de firmar los papeles de adopción, volví a agacharme, le tomé la carita y le conté que esa relación sería para siempre. Comenzaba un compromiso que duraría el resto de la vida. Yo cuidaría de él, él de mí. Francisco se vino a casa. “Amigos para toda la vida”, le dije.

No me cansaré de afirmar que la vida sin un perro es un error. Los animales son mágicos. Hace muy poco fui a ver una obra bellísima que se llama Iván y los perros (dirigida por Mariano Stolkiner, interpretada por Emiliano Dionisi). Lloré sin parar. Con ese llanto silencioso, de lágrimas solitarias. Hablaba de cómo esas criaturas especiales salvaban la vida de un chico; de cómo ese chico no podía concebir su vida sin ellos; de la maldad del hombre en contraposición con la bondad infinita del animal. Recordé todo lo que aprendí de Francisco. Mucho más de lo que aprendí de los seres humanos. Además de un hermano, de un amigo, fue un maestro. Cualquier ser humano o cualquier libro podrían explicar qué es la bondad, la lealtad sin límites, la paciencia sin condiciones. Pero ningún ser humano o ningún libro podrían demostrarte la bondad, la lealtad o la paciencia en las dimensiones en las que puede enseñarlas un perro: silenciosamente, suavemente, afectuosamente. Sabiduría acarreada a través de los siglos tal vez.

Te cuento un par de cosas sobre Francisco. Una vez que le pude enseñar a andar suelto (la castración hizo que su instinto canino no lo llevara de las narices detrás de ninguna damisela), dejé que me acompañara a todos lados. En cada lugar donde vivimos siempre dijeron que éramos inseparables. Orgulloso de ser “el muchacho del perro”. Orgulloso de que cada barrio en el que vivimos supiera que el perro-vaca se llamaba Francisco y era macanudo. “Sos un señor perro”, le dijo una vez un vecino, mientras se daban la mano. Siempre fue licenciado en relaciones públicas. Anfitrión perfecto, conocía a cada uno de mis amigos o familiares y siempre recibía a todos del mejor modo. Excepto cuando, en la calle, se dio cuenta de que un tipo tenía malas intenciones. Nunca lo vi tan amenazante. Prácticamente los dos elegimos a la persona que queríamos que acompañe nuestras vidas. Fue un amor tripartito. Una confirmación de haber elegido bien. Fuimos tres que hacíamos uno. Francisco amó todo lo que yo amaba. Mis padres, por ejemplo. Cuando murió mi papá, una amiga lo trajo al velatorio. Entró con la cola entre las patas. No saludó a todo el mundo, como solía hacerlo. Sólo fue a lamerle las lágrimas a mi madre. Se paró en dos patas en el ataúd, observó y se quedó un rato muy largo debajo de él, moviéndose sólo para asegurarse de que nosotros estuviéramos bien.


Mi perro vivió 16 años, tal vez la mejor etapa de mi vida. Hemos compartido infinidad de cosas, hemos bebido de la misma vida. Fue feliz, envejeció amado y hoy, sin dudas, estará corriendo a ras del suelo, en círculos, a toda velocidad, como solía hacer cuando se topaba con muchos metros de pasto y naturaleza. Francisco ahora conquista alturas inalcanzables. Hoy lo extraño tanto, pero siento que está en mí. Ahora es ángel y, día a día, me recuerda que ese contrato mirada con mirada en el que le dije: “Amigos para siempre”, significa “Eternidad”. Hoy confirmo que no estaba tan errado cuando era chiquito. Podía hablar con los animales, alma con alma. Con un perro, te aseguro, es casi como abrazar a Dios. Porque si existe, habita la mirada de los perros. No te pierdas esa posibilidad.

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