domingo, 13 de junio de 2010

SERGI LÓPEZ




(Extensión de la entrevista realizada para La Nación y publicada el 26 de abril de 2010.)

"SOY UN TIPO DE SUERTE"

De villano en El laberinto del fauno, Sergi López pasó a ser un padre abnegado en Ricky y un amante sin límites en Partir

Por Pablo Gorlero


Allí, muerto de calor, luego de una docena de entrevistas, en uno de los sillones más cómodos del Four Seasons porteño, Sergi López no pierde el humor ni la sonrisa. Es un tipo macanudo. "¿Cómo voy a estar cansado si soy un afortunado? Estoy acá porque no paro de hacer películas", dice con absoluta sinceridad y convicción.
Cuenta que el cine llegó a su vida casi por casualidad, pero que ama el teatro; que sabe muy bien que, sin ser el prototipo del galán, lo llaman seguido para hacer personajes sensuales, y que le divierte muchísimo encarnar al malo de la historia.
Ya a estas alturas es bien conocido por estas latitudes. Pero un currículum que incluye títulos, como Harry, un amigo que te quiere bien, Negocios riesgosos, El laberinto del fauno, Una relación particular, El cielo abierto y Sólo mía, entre una treintena de títulos, lo llevaron a convertirse en una importante figura del cine internacional, idolatrado de igual forma en Francia y en España. Precisamente, Sergi llegó a Buenos Aires hace un mes para presentarse en la semana del cine francés. Dos títulos de ese origen se estrenarán este año y lo cuentan como protagonista: Ricky, de François Ozon, y Partir, de Catherine Corsini.
En la primera, comparte cartel con Alexandra Lamy y una nena impresionante: Melusine Mayance. "No había visto las películas de François Ozon, pero lo conocía a él. No es un tipo campechano, sencillo y en camiseta, sino un poco sofisticado, un dandy . Hace unas películas muy cuidadas y siempre te lleva por pistas falsas", avanza Sergi. Y algo de eso tiene que haber para que Ozon se aventure a realizar un film cuyo protagonista es un niño con alas, fruto de un enamoramiento entre dos obreros. Está lejos de Tobi , aquella emblemática película española de 1978, en la que un niño alado era señalado por la sociedad. "No es una película común. Una fábrica, una familia monoparental, este tío que luego aparece, un bebe, malos tratos y luego... ¿cómo que tiene alas? De entrada, cuando la leí pensé que era una gilipollas enorme, una boludez de campeonato. Me di cuenta de que era un riesgo. La famosa frase del niño con alas es una trampa. Puede parecer una convención comercial, pero es un gran riesgo. Aunque me di cuenta de que la historia sería la misma si, en lugar de alas, el niño tuviera una alergia", explica el actor. "Ozon no puede evitar contarte historias para dejarte perplejo sin saber a qué sitio irán. Todo es misterioso e inquietante. No sabes por dónde te va a salir y eso a él le encanta. En Francia, hicieron la táctica de no decir nada de qué se trataba. Pero en España, hice todo al revés. Les conté a todos lo del niño con alas. Porque, en definitiva, en esta historia está todo el mundo como fuera de lugar."
Dos imágenes de Ricky, de Francois Ozon
-¿Cómo se siente eso de estar tironeado por dos países?
-Es surrealista. Se vive bien, es un privilegio. Sólo faltaría que me queje, ¡hostia! Es proporcional lo bien que me va con lo inesperado. Soy de Vilanova i la Geltrú, al sur de Barcelona, al lado de Sitges. Me fui a París a estudiar a la Ecole Internationale de Théâtre et Mouvement, de Jacques Lecoq. Había trabajado con un muchacho que estaba en esa escuela. Tenía 25 años, ahora tengo 44. Fue en el 90. No era tan jovencito, es decir, no empecé a los 16. Allí, de casualidad, vi pegado un papelito en la secretaría que decía: «Se busca actor con acento español para primer largometraje de cine». ¡Hostia! Yo hablaba francés fatal y fui por curiosidad. Así comencé. Como el director no tenía todo el dinero para hacerla decidió rodar los primeros diez minutos para ir a buscar los fondos que le faltaban con ese material. El tío me cogió, estuvimos rodando una semana y un fin de semana y, al año siguiente, cuando empecé nuevamente la escuela, me llama y me dice: “Sí”. “¿Sí qué?”, le pregunto. “Que he encontrado el dinero y que nos vamos dos meses a Normandía a rodar”. Le dije que no podía. Me dijo que estaba loco. Si no iba, para él era una putada. De todos modos, le expliqué: “Yo no he venido aquí a hacer cine. Esto es una escuela privada, la pago yo, me cuesta una pasta que te cagas… Además la escuela está muy bien, está muy bien de creación”. Pero me dice: “Esto es cine”. Realmente no podía dejar la escuela dos meses, porque no son cursillos. Es una carrera, con muchas materias, vas del clown a los bufones, a la tragedia, a la Commedia dell’Arte… Si te tienes que ir dos meses, tienes que dejarlo. Al final nos pusimos de acuerdo. Filmamos dos fines de semana. Entonces te das cuenta de que me encontré con el cine por accidente. Tengo amigos que, de jovencitos, se han ido a Londres, a los Estados Unidos o a Francia, porque querían hacer cine. Pero para mí fue de casualidad. Mi relación con Francia es de puta madre, no lo entiendo muy bien porque tengo acento catalán y hablo francés con acento marcado. Cuando terminé esa película, me sugirieron que me quedara a hacer «mi carrera de cine» allí. ¡Si yo iba a hacer teatro! Me proponían papeles de inmigrantes españoles, pero siempre de inmigrante-inmigrante. No sabía adónde iba a parar eso. Además, París es una ciudad cara. Y esa idea de actor, de sufrir en casa esperando a que me llamen, no me va. Porque si eres actor y no te llaman para actuar, te pones en duda tú mismo. En cambio, poder hacer cosas propias te da una fuerza brutal. Por eso, el teatro me ha salvado la vida y la escuela de Lecoq también. Allí aprendes a trabajar sobre la idea de crear y utilizar la improvisación para desarrollar temas. Te sugieren cosas y puedes escribir sobre ellas. Estamos hablando de la Escuela Internacional de Teatro Jacques Lecoq. Éramos casi todos extranjeros, había algunos argentinos también. De 50 tipos en mi clase sólo dos eran franceses. Bueno, reaalmente no podía dejar la escuela dos meses, porque no son cursillos, sino materias. Vas del clown a los bufones, de la tragedia a la Commedia dell’Arte… Si te tienes que ir dos meses, déjalo. Bueno, entonces nos pusimos de acuerdo con el director y filmamos durante dos fines de semana.
El cielo abierto
-¿Ese modelo aprendido en la escuela de Lecoq tomaste para tu unipersonal Non solum?
-Sí, todavía lo estoy haciendo. Todo lo que hago en teatro es creación personal. Lo demás, me viene de suerte. Estrenamos esta obra hace cinco años, en catalán. Al cabo de un año la presentamos en francés, y desde hace tres meses, en castellano. Pronto iremos a Madrid. Antes hacía teatro con otro compañero, un espectáculo de clown, sin nariz roja, pero dos horas de clown… Lo tuve que dejar porque en teatro ahora te sale una fecha y es así. En cambio en cine, el plan es rodar en septiembre octubre y después termina siendo noviembre-diciembre. Es un cachondeo. Las fechas se mueven. Entonces fue complicado. Porque cuando no me conocía nadie, como éramos dos, en lugar de ir yo a la obra de teatro encontrábamos a un sustituto para ambos. Y cuando a mí no me conocía nadie no había problema, pero cuando me empezaron a conocer un poco y en mi lugar iba un tal Luis Guerrero, que no conocía nadie… Incluso mi compañero era más conocido que yo: Tony Albá. Bueno, lo dejé y estuve tres años sin hacer teatro y estaba en una moto… Cuando veía amigos míos sobre un escenario me daban ganas de ponerme a actuar, a escribir, a improvisar.
Non solum
-¿Estás preparando otro espectáculo?
-Estamos hablando mucho con Jorge Picó, otro tío que estuvo conmigo en la escuela. Nos hemos ido haciendo amigos y su mujer trabaja conmigo. Con Jorge estamos hablando de muchas cosas, queremos escribir otra obra y canciones, una película, un libro, etcétera.
-¿Elegís mucho el trabajo?
-Sí. Por eso, no me quejo mucho. Lo que me pasa es una exageración y hasta me da vergüenza. Me mandan cosas para leer de Francia, de España, de Inglaterra, de los Estados Unidos y, físicamente, no puedo hacer todo. Entonces tengo que escoger por cojones. Intento hacer sólo cosas que me gustan. Y si nada me gusta, pues no hago nada. Estoy supercontento.
-¿Qué debe tener un proyecto para que lo aceptes?
-No lo sé… Tengo poca cultura cinematográfica, entonces no me puedo guiar por nombres. He trabajado muchas veces con directores desconocidos que resultaron ser "number one". Y películas que yo ni me he imaginado y personajes que ni se me hubieran ocurrido y han acabado siendo brutales. Por eso intento no tener ninguna idea preconcebida de lo que espero. Es curioso porque este privilegio que tengo de que me manden cosas a veces no te sirve de nada. Basta que te digan que estaría bien hacer una comedia para que te manden una comedia que no te gusta. O tienes ganas de hacer un mafioso, pero después lo lees y no te gusta.
-¿Por dónde te pega la elección de una historia? ¿Por cómo está escrita o desde la visión del actor para encarnar tal o cual personaje?
-No, no consigo hacerlo. Alguna vez me ha pasado de leer un guión en el que mi personaje está muy bien. Exuberante, piscina con cocodrilos, un personaje luminoso, extravagante, pero luego la película… Oh… ¿Y voy a lucirme con un personaje interesante, en una historia que no lo es? El cielo abierto era una comedia muy buena de Elvira Lindo, muy graciosa e ingeniosa… pero mi personaje era aburrido, un psiquiatra que se había separado y que se encontraba con una mujer espectacular, garrula. Yo le decía al director, qué aburrido este personaje: era buen tío, no hacía nada… pero sin embargo, la peli necesitaba a este tío al lado de esta tía. Necesito creer, decirme que hay algo en la historia que está bien y que cuenta algo interesante. Si no, no me siento bien. No me gusta hacerme un catálogo de personajes distintos.

Vidal, el villano de El laberinto del fauno
-¿Qué te gustó de estas dos últimas (Ricky y Partir)?
-Ambas tienen algo que es explicativo de lo que vivo. Tengo la suerte de trabajar con estos exponentes del cine de autor: gente que cuenta historias que sólo ellos podrían contar de esa manera. Es decir, que no hay una mentalidad industrial o de construir un producto para llegar a un segmento de público concreto. Son autores. Con la directora de Partir (Catherine Corsini) ya había trabajado antes. Es una tía que tiene una implicación siempre política o feminista. Siempre ha sido muy militante, de izquierda. Aquí armó una estructura clásica: un marido, una mujer y su amante. Es curioso pero es como que tiene algo de historia que ya has visto. Ellos de clase alta y mi personaje, un obrero. La historia de una tía que se vuelve loca de amor por este tío, pero porque eso la hace dar cuenta de hasta qué punto está “secuestrada” en su matrimonio. O sea, no puede ni comprarse una botella de agua, depende de su marido, siente esta cosa un poco clásica: el amante animal. Mi personaje representa eso y ayuda mi acento catalán y que soy peludo. Pero este personaje también tiene algo femenino. Y no lo digo en forma peyorativa. Es un modelo de hombre que no soluciona, sino que la sigue, le da besos, la escucha y lo que le propone es idílico. Tu ves que van hacia un sitio donde parece que no van a terminar bien… Es como una carrera sin final o con final trágico. Pero sin embargo, la tía avanza y el tío no la frena, continúa siguiéndola.
Partir
-En esta película se ve una conexión muy importante entre vos y la actriz, Kristin Scott Thomas…
-(Se ríe) Son esas cosas que logra el cine.
-¿Vos averiguás quién va a ser tu partenaire cuando te convocan?
-No. Es una lotería. Entre nosotros, con Christine no nos entendimos tanto, no fue una relación profunda, intuitiva, no tuvimos química. Pero entiendo lo que dices porque cuando vi la peli dije: ¡Hostia! Le dije a la directora: “Estoy alucinado, parece que estuviéramos enamorados”. Incluso ella está guapa y no te cansas de verla. Cuando Corsini nos dio la peli estábamos seguros de que tenía algo que no estaba escrito. Lo que estaba escrito, en el fondo, era bastante convencional. Entiendo que esto tendrá sentido si entre los tres encontramos algo que no está escrito. Al principio, el guión era muy sexual. Había algo de sensual en la mirada, en cómo nos tocamos. Y sabíamos que si eso no te lo crees, la película será una mierda. Es brutal lo que tiene el cine. Puedes contar la historia de la misma manera y tocar momentos de belleza. En un momento el guión dice: “Está sola, en el campo, entre los árboles, se pasea y le entra una abeja en el vestido. Y le da risa y se ríe sola”. Lo lees y dices: “Hostia… ¿qué es esto?”. Y esa escena es increíble. Hasta yo la veo bella. Esas cosas que son imposibles de prever.
-¿Cómo definirías a Ricky? ¿Como una película del género fantástico?
-No lo sé… Si tuviera un defecto diría que lo de las alas es una falsa pista. El laberinto del fauno es más unánime, tiene una línea de narración como una aplanadora. Guillermo del Toro no te da hostia. A mí no me gustan las películas de monstruitos y está muy bien. Cómo se le ocurre a un tío hacer la guerra civil española como un monstruo con unas alas.
-¿Aquél fue tu gran papel?
-Bueno… ese es un papel que la gente, al menos en España, y creo que aquí en la Argentina también, está muy marcado, muy puesto en valor. El cine tiene esto también, que tú te pones ahí así… sin nada y, detrás, tienes un batallón de tíos que logran muchas cosas sin que tú hagas nada. Vidal es un personaje que podía ser un poco maniqueísta, porque es malo con él, con los otros, con su pasado, con su futuro, con todo… pero sin embargo, tiene un montón de detalles. Es muy salvaje. Como un malvado de película, el ogro de un cuento de hadas.
El laberinto del fauno
-¿Te divierten esos personajes? Tenés un montón de villanos.
-Sí, es más divertido hacer malos que buenos. Imagino que si a un niño le dices: “vamos a jugar a Caperucita roja, ¿qué personaje quieres hacer?”… seguro te dice: El lobo. Hacer un malo es más libre, tienes menos barreras morales y cosas que te alejan más de ti. Tienes una distancia con lo que actuar. Lecoq decía que lo más difícil de actuar es lo más cercano. Los animales más complicados de representar son los monos. Se confunde mal, no sabés cuándo se acaba el mono y empiezas tú. El malvado, el monstruo, tiene algo más de infantil, algo divertido, algo lúdico.
Harry, un amigo que te quiere bien (izq.); y Love Affaire (der.)
-Sin ser el prototipo de galán, también representás a un prototipo de hombre deseable. ¿Sos un nuevo Marlon Brando?
-Ja… ¿Has visto qué bueno? Pero en las comparaciones puedo salir perdiendo. Me doy cuenta de que lo de la seducción… Bueno, es una cosa en la que el cine tiene mucho que ver. Hace un mayor culto a la persona. A mí también me pasa que veo actores o actrices y digo: ¡Hostia, qué tío, qué tía!… Y bueno… con las tías siempre me ha ido bien, pero nunca he ido por la calle y se han dado la vuelta y han dicho: “¡qué sensualidad, qué cosa!”… Pero con esto del cine me encuentro con gente que me dice cosas enormes… Bueno porque han visto películas y las películas tienen esta cosa mágica, inexplicable. Una relación pornográfica (Love Affaire) empieza ahí con una tía esperando en un bar y contando: “La primera vez que lo vi, no me pareció guapo, tenía un atractivo…”. Y se ve una imagen relentizada de mi entrada. La veo y le sonrío. ¡Y la cámara hizo maravillas! En su texto ella dice: “Cuando sonreía, toda su cara sonreía”… Eso lo haces en una peli y se logra, tu crees que eres testimonio de ese momento. La gente cree que estamos enamorados y no es verdad. Eso juega a favor. Sé que en muchas pelis acabo haciendo cosas que son sensuales o sexuales… Eso me parece cojonudo, algo positivo que les guste a las tías. Pero es algo que me sobrepasa. No es lo más importante de mi carrera, pero me lo tomo como algo muy positivo. Tal vez las pelis que hago inspiran a otros directores. Te voy a contar algo respecto de la sensualidad que se puede ver de mí en una peli. El otro día, en Italia, presentamos Partir en una sala de cine pequeñita, con 50 periodistas. Versión original, subtitulada, se acaba la película. Mujeres y hombres comentando. De pronto, una periodista dispara: “Señora Corsini, ¿me puede explicar cómo, para hacer una película que va de amor y de sexo, escoge a este hombre que no tiene ningún sex appeal?” (Risas). Bueno, es evidente que a la tía no le gusté en absoluto y no entendía cómo se me podía coger a mí. No le quito razón, yo soy el primer sorprendido. Como a todos en la vida, me he encontrado con chicas que me han dicho que era el muchacho más guapo del mundo o el más normal, algunas me prefirieron delgado y otras mejor gordo. Por suerte, para los gustos todo vale.

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