sábado, 21 de junio de 2008

Reflexión de un científico argentino

QUE TRISTE ESTOY ARGENTINA

Por Dr. Raúl A. Montenegro, Biólogo.

Premio Nóbel Alternativo (Estocolmo, Suecia)
Presidente de FUNAM.
Profesor Titular de Biología Evolutiva en la Universidad Nacional de Córdoba (Argentina).

Qué duro es sentirse minoría en un país de falsas mayorías.
Qué duro es ver que el gobierno nacional y los ruralistas luchan entre sí cuando son cómplices necesarios del país sojero.
Qué duro es ver cacerolas relucientes y llenas de soja RR en el asfalto civilizado de Buenos Aires.
Que duro es ver las cacerolas renegridas y sin tierra de los campesinos de Santiago del Estero.
Que duro es ver a los estudiantes de universidades argentinas con sus carteles de apoyo a los ruralistas en huelga, como si Monsanto y el Che Guevara pudieran darse la mano.
Que duro es recordar que esas cacerolas relucientes, esos estudiantes movilizados y esas familias temerosas del desabastecimiento no salieron a la calle cuando los terratenientes de este siglo XXI expulsaron a familias y pueblos enteros para plantar su soja maldita.
Qué duro es ver la furia ruralista al amparo de reyes sojeros como el Grupo Grobocopatel.
Qué duro es ver el rostro reseco de Doña Juana expulsada, de doña Juana sin tierra, de doña Juana con sus muertos bajo la soja. Qué duro es ver que se cortan las rutas para que China y Europa no dejen de tener soja fresca, y para que Monsanto no deje de vender sus semillas y sus agroquímicos.
Qué duro es comprobar, con los dientes apretados, y con el corazón desierto y sin bosques, que nadie habló en nombre de los indígenas expulsados de sus territorios, de sus plantas medicinales, de su cultura y de su tiempo para que la soja y el glifosato sean los nuevos algarrobos y los nuevos duendes del monte.
Qué duro es ver con las manos y tocar con los ojos que nadie habló en nombre de los campesinos echados a topadora limpia, a bastonazos y a decisiones judiciales sin justicia para que ingresen el endosulfán, las promotoras de Basf y las palas mecánicas con aire acondicionado.
Qué duro es saber que nadie habló en nombre del suelo destruido por la soja y por el cóctel de plaguicidas.
Qué duro es comprobar que muchos productores, gobiernos y ciudadanos no saben que los suelos solo son fabricados por los bosques y ambientes nativos, y nunca por los cultivos industriales.
Qué duro es saber que para fabricar 2,5 centímetros de suelo en ambientes templados hacen falta de 700 a 1200 años, y que la soja los romperá en mucho menos tiempo.
Qué duro es recordar que el 80% de los bosques nativos ya fue destrozado, y que funcionarios y productores no ven o no quieren ver que la única forma de tener un país más sustentable es conservar al mismo tiempo superficies equivalentes de ambientes naturales y de cultivos diversificados.
Qué duro es observar cómo se extingue el campesino que convivía con el monte, y cómo lo reemplaza una gran empresa agrícola que empieza irónicamente sus actividades destruyendo ese monte.
Qué duro es ver que el monocultivo de la soja refleja el monocultivo de cerebros, la ineptitud de los funcionarios públicos y el silencio de la gente buena.
Qué duro es saber que miles de Argentinos están expuestos a las bajas dosis de plaguicidas, y que miles de personas enferman y mueren para que China y Europa puedan alimentar su ganado con soja.
Qué duro es saber que las bajas dosis de glifosato, endosulfán, 2,4 D y otros plaguicidas pueden alterar el sistema hormonal de bebés, niños, adolescentes y adultos, y que no sabemos cuántos de ellos enfermaron y murieron por culpa de las bajas dosis porque el estado no hace estudios epidemiológicos.
Qué duro es saber que los bosques y ambientes nativos se desmoronan, que las cuencas hídricas donde se fabrica el agua son invadidas por cultivos, y que Argentina está exportando su genocidio sojero a la Amazonia Boliviana.
Qué duro es comprobar que las cacerolas relucientes son más fáciles de sacar que las topadoras y el monocultivo.
Qué duro es comprobar que en nombre de las exportaciones se violan todos los días, impunemente, los derechos de generaciones de Argentinos que todavía no nacieron.
Qué duro es ver las imágenes por televisión, los piquetes y las cacerolas mientras las almas sin tierra de los campesinos y los indígenas no tienen imágenes, ni piquetes, ni cacerolas que los defiendan.
Qué duro es comprobar que estas reflexiones escritas a medianoche solo circularán en la casi clandestinidad mientras Monsanto gira sus divisas a Estados Unidos, mientras las topadoras desmontan miles de hectáreas en nuestro chaco semiárido para que rápidamente tengamos 19 millones de hectáreas plantadas con soja, y mientras miles de niños argentinos duermen sin saber que su sangre tiene plaguicidas, y que su país alguna vez tuvo bosques que fabricaban suelo y conservaban agua. Muy cerca de ellos las cacerolas abolladas vuelven a la cocina.

Dr. Raul A. Montenegro, Biologo Presidente de FUNAM Premio Nobel Alternativo 2004 (RLA- Estocolmo, Suecia). Profesor Titular de Biologia Evolutiva, Universidad Nacional de Cordoba (Argentina)

miércoles, 18 de junio de 2008

Los hermanos bolivianos

Triste, lamentable, bochornoso

Esta noticia llegó de uno de los grandes directores latinoamericanos de teatro: César Brie, argentino, pero radicado desde hace muchos años en Bolivia. Por favor, ayudemos a difundirlo porque no es posible que un pueblo trabajador como el boliviano esté viviendo esta situación. No sólo en América latina, en todo el mundo estamos hartos de que los ricos se quieran hacer cada vez más ricos a costa del pobre, y a fuerza de desangrarlo.


SUCRE, CAPITAL DEL RACISMO
César Brie (Director del Teatro de los Andes)
Desde noviembre, Sucre está gobernada de hecho por el Comité Interinstitucional cuyos representantes (la mayoría políticos derrotados en las urnas) deciden todo en esa ciudad. Ellos alentaron la formación de los grupos de choque que el 24 de mayo vejaron a los campesinos, obligándolos a besar el suelo y la bandera de Chuquisaca a punta de chicotazos.
El 24 de mayo en Sucre quedará como un capítulo más de la historia universal de la infamia. Un grupos de campesinos vejados a chicotazos y patadas, obligados a marchar semidesnudos hasta la plaza 25 de Mayo, a arrodillarse frente a la Casa de la Libertad, a besar el suelo, la bandera de la capitalía plena, a cantar el himno de Chuquisaca y quemar ellos mismos sus whipalas y pancartas. Pude filmar este espanto y cualquiera puede encontrarlo en You tube en el sitio http://www.youtube.com/watch?v=J2s15Mjgn9o; y en http://www.youtube.com/watch?v=2ZoVReJUmgg.
No tuve la frialdad para quedarme en la plaza y seguir filmando a los responsables, la mayoría con pasamontañas que les cubrían el rostro. Sólo reconocí a uno de los exaltados, que luego de haberlos correteado se estrecho la mano con personeros de la Alcaldía en la puerta de la misma y se fue en una moto que allí tenía parqueada. Muchas personas, testigos de la vejación, alzaron la voz pidiendo que los campesinos no sean golpeados. Oí un inefable: "No les peguen, si no van a decir que somos racistas". Como si el racismo dependiera de una paliza final y no del secuestro y humillación recibidos. Seres humanos vejados y maltratados Al día siguiente entrevisté a campesinos que fueron rehenes en la plaza y a otros maltratados y vejados en diferentes lugares de Sucre. Filmé el relato atroz de lo que pasaron, las cortaduras y marcas provocadas por las agresiones. Supe de dos violaciones por un testimonio ocular, agravadas por la decisión de las mujeres violadas de no decir nada para no " deshonrar a sus maridos" . Filme los piedrazos, las huellas de patadas en la puerta, los vidrios rotos y las marcas de la dinamita arrojada dentro de la casa de Wilber Flores, diputado del MAS que el 10 de abril pasado fue perseguido desde la Alcaldía, golpeado y torturado dentro de un albergue en el cual trató de refugiarse. Flores estaba en El Abra en el momento del ataque a su casa, donde su mujer y su hija debieron huir cerro arriba para no ser linchadas. En Gigavisión los bolivianos pudieron ver a Fidel Herrera (uno de los miembros del Comité Interinstitucional) aplaudiendo a la turba que arrastraba a los campesinos. Luego, este señor pidió disculpas (¿de haberlo organizado, de haberlo aplaudido, o de ambas cosas?) y a última hora del 26 de mayo se retractó declarando que toda esta agresión había sido realizada por infiltrados del gobierno. Está ultima versión es recogida por el Correo del Sur, periódico parcializado completamente con las opciones de la derecha y que merece el graffiti escrito en una pared de Sucre: "Las paredes callarán, cuando la prensa diga la verdad". A riesgo de ser linchados Que el Comité acuse, en este caso, al gobierno por los hechos de violencia que anunció y desencadenó finalmente, es ridículo. Desde noviembre Sucre está gobernada de hecho por el Comité Interinstitucional cuyos representantes (la mayoría políticos derrotados en las urnas) deciden todo en nuestra ciudad. Muchos de nosotros, que no somos ni simpatizantes del Comité ni miembros del MAS, hemos optado en estos meses por trabajar en silencio para evitar que nuestras opiniones críticas terminaran con una agresión a nuestras personas o a nuestras familias y casas. Pero la infamia del 24 de mayo ha sido la gota que ha rebalsado el vaso. Nos hemos mirado a la cara y hemos decidido que era hora no ya de comunicarnos vía Internet nuestras impresiones sino de declararlas a riesgo de ser linchados por alguna de las bandas fascistas que el Comité Interinstitucional ha promovido. Nos manifestaremos por la paz y el diálogo, de todas las formas posibles, seremos nosotros los periodistas que recogerán los testimonios que la prensa de Sucre, con pocas excepciones, no quiere recoger. Nuestra ciudad debe volver a ser lo suficientemente grande para albergar opiniones diferentes que diriman en modo democrático, con el voto de los ciudadanos, sus diferencias.
Otras consideraciones El gobierno no se ha destacado por tener hacia Sucre una actitud coherente. Los sucrenses, del bando que sean, todavía esperan del Presidente de la República al menos un pésame por los muertos, y disculpas por haber excluido de la Asamblea Constituyente el tema de la Capitalía.
Quien escribe esta convencido que la Capitalía fue introducida en la Asamblea para poder bloquearla. Esto no excluye que dicho tema debía de ser discutido, tratado y finalmente votado. Si la votación hubiera sido contraria a las aspiraciones de Sucre, supongo que hubiera sido ésta la excusa para bloquear la Asamblea. La ilusión masiva con que se ha engañado a los sucrenses radica en haber vuelto de cariz político una reivindicación histórica. La Paz se quedó con la sede de gobierno por la fuerza de las armas y Sucre, hoy día, tiene dos posibilidades: o dirimir el tema a través de un referéndum nacional, o recurrir a la fuerza. Por eso el lema del Comité y de los exaltados "Ni un paso atrás" es un lema suicida, que no puede conducir a nada, pero muy motivador. El gobierno no ha comprendido que el fascismo, para triunfar debe volverse popular. Y esa popularidad se obtiene a través de slogans demagógicos como el mencionado.
El caldo del cultivo de los grupos fascistas ha sido siempre la clase media. Los errores del gobierno y su escasa vocación democrática han colaborado a popularizar este fascismo. Hoy Sucre tiene las paredes llenas de consignas opuestas, y entre ellas destaca la Falange, dada por sepultada desde la muerte de Unzaga de la Vega. No debe olvidarse que el racismo nunca desapareció de Sucre. Subsistió velado por los buenos modales y un hipócrita barniz cultural. En los cafés de la plaza de Sucre y alrededores no entraban los indios, y si entraban, eran invitados a marcharse. Con el triunfo de Evo Morales y la instalación de la Asamblea, la clase media comenzó a resignarse a convivir con los indígenas, pero el cariz de los hechos que llevaron a noviembre retrasó el estado de las cosas hasta que la agresión del 24 de mayo nos hizo precipitar a los humillantes escarmientos de la Colonia. Quienes maltrataron a los indígenas el 24 de mayo tienen la misma piel morena, hablan algo de quechua pero visten diferente. Ese es un axioma del racista: parecerse demasiado al objeto de su odio y por lo tanto enseñarse con el otro para ignorar la parte de sí que se le asemeja. La Prefectura de Chuquisaca fue ganada por el MAS con los votos del campo, dado que la ciudad votaba mayoritariamente por la derecha. Pero la sede de la Prefectura está en la ciudad de Sucre, y a la clase media de Sucre le resultaba intolerable que el partido "del indio" los gobernara. Un intelectual me dijo en la Plaza que la culpa de todo esto era "de ese indio resentido que nos gobierna. Antes vivíamos en paz".
Pienso que esa paz en la que este intelectual ha vivido toda su vida ha sido en realidad la paz de la sumisión, ideal para quien somete, aceptable para quien no la sufre y se beneficia indirectamente de ella (las clases medias), pero atroz y degradante para los sometidos, los indígenas.
(Si estas opiniones provocan algún tipo de agresión, ruego a los potenciales agresores ensañarse –no excesivamente- directamente con el interesado y no con el Teatro que dirijo ni con mi familia, que no son responsables de lo que escribo y ni siquiera comparten muchas de mis opiniones.)

domingo, 15 de junio de 2008

Para fanáticos de Lost: entrevista a Matthew Fox




Esta entrevista fue realizada en febrero de 2006, en los estudios Buena Vista y fue publicada el 6 de marzo de 2006, en el diario La Nación

MATTHEW FOX
El protagonista de este suceso de la TV norteamericana, cuenta detalles de la segunda temporada de la serie, que se estrenará hoy en nuestro país, por AXN

Por Pablo Gorlero


(Enviado especial)

LOS ANGELES.- No sólo las más llamativas gigantografías de Sunset Boulevard son las de "Lost", sino que, en una semana, los integrantes de su elenco ya ocupaban ocho de las principales revistas de los Estados Unidos: Matthew Fox, Josh Holloway, Evangeline Lilly, Dominic Monaghan e Ian Somerhalder. Es que la serie creada por J. J. Abrams ("Alias", "Felicity"), Damon Lindelof y Jeffrey Lieber es uno de los mayores éxitos televisivos de los Estados Unidos. La serie comienza con los sobrevivientes de un accidente aéreo, que quedan en una isla perdida en algún lugar del mundo, donde todo es demasiado misterioso. Además de un posible monstruo que se come a la gente y aplasta árboles, hay una gran cantidad de enigmas. No sólo en la isla, sino en cada uno de estos personajes. Mientras algunos de estos acertijos se van aclarando, se abren otros y el misterio se incrementa a medida que transcurre la serie. Luego de un final muy abierto, hoy comienza su segunda temporada por AXN, con muchas sorpresas y nuevos personajes. El rodaje de la serie se realiza enteramente en distintas locaciones del archipiélago de Hawaii. Por lo tanto, todo el elenco y las casi 500 personas que trabajan para el ciclo tuvieron que mudarse allí. Por eso, los estudios Disney (responsables de la realización) abrieron sus puertas para que los principales actores de la serie y algunos realizadores pudieran dialogar con la prensa internacional. La mayor atención está centrada en Matthew Fox, el actor que se hizo famoso como el hermano mayor de "Party of Five" y ahora es el personaje central de "Lost", el doctor Jack Shepard, un tipo tan moralmente correcto como conflictuado, asumido líder del grupo de sobrevivientes.
-Aunque estuviste un tiempo inactivo, fuiste el que quedó mejor parado del elenco de "Party of Five"...
-Todo es un proceso. Y se libran algunas batallas dentro mío. Cuando terminé esa serie me metí en una compañía teatral y, durante un año y medio, estuve haciendo obras, a veces, para ocho personas. Fue una gran experiencia. Después, me sumergí en ese dilema que tenemos muchos en esta profesión: examinar nuestra esencia. Es decir, si uno quiere para su vida lo mediático o lo esencial.
-Y te quedaste con lo mediático...
-No. Mi conclusión es quedarme entre ambas cosas, yendo y viniendo. Estoy en este éxito fenomenal en todo el mundo que es "Lost", pero también es emocionante pensar en volver a esos proyectos teatrales. Eso recompensa. Creo que, en ese sentido, siempre tendré una batalla dentro mío.
-Jack es muy bueno y correcto... ¿No te gustaría explorar algún costado oscuro de tu personaje?
-Creo que lo haremos. Con Damon Lindelof hablamos mucho durante el piloto sobre eso. No queríamos que Jack pareciera un caballero de armadura reluciente. No iba a ser interesante. Vivimos en un mundo moderno donde nuestros héroes necesitan ser más complicados, vulnerables, complejos y llenos de defectos. Estoy conforme, porque este año nos encaminamos en esa dirección. La aparición de otro grupo de sobrevivientes y la pelea de Jack por mantener su liderazgo van a modificar sus conductas. Empezaremos a ver una zona un poco más oscura de este tipo. Hay momentos en que pelea contra sus principios.
-Vos no tenés armadura, pero sos un tipo muy familiar, del campo... ¿No tenés algún lado oscuro?
-Tengo principios y trato de ser lo mejor persona posible ¿Si fallo a veces? Sí.
-¿En qué?
-Mirá, la mayor responsabilidad es ser padre. Y no es fácil cuando, además, tenés ambiciones y una carrera como esta. A veces me olvido de algunas cosas por estar ocupado. Pero soy consciente de que puede ocurrirme eso. Entonces cada mañana me levanto buscando el modo de encontrar un equilibrio.
-Parece que sos un superhéroe en la vida real... ¿andás levantando camiones por ahí?
(Ríe) -Eso es algo que salió publicado en la revista The Enquirer. Hicieron una historia donde supuestamente levanté un camión de carga para salvar a alguien que estaba atrapado por él. Tuve que dejar de hacer esas cosas para estar con mis hijos también.
-¿Cómo te gustaría que sea el final de "Lost"?
-No podría imaginármelo, porque estoy seguro de que va a ser algo fenomenal, increíble y sorprendente. Sólo espero estar ahí.
-¿Tenés miedo de que te maten en la serie?
-Cualquier personaje puede morir, aunque sea uno de los favoritos. Damon creó un mundo lleno de peligros, misterios y obstáculos. Y hubo personajes que murieron sin tener una oportunidad más. Pero eso significa que el espectador tampoco tiene demasiadas ocasiones de enamorarse de los personajes. Jack es tan vulnerable como los demás.
-En la segunda temporada Jack se acerca más a un nuevo personaje, y Kate a Sawyer ¿qué pasa con este romance entre los dos?
-Definitivamente, Jack está muerto por ella. Creo que esta historia irá progresando hasta que se acerquen cada vez más. Lo que tiene de atractivo esta relación es la sutileza.
-¿Qué tiene de distinto este éxito con el que viviste con "Party of Five"?
-En éste, los números son, inclusive, mayores. Con la serie anterior teníamos entre 9 y 10 millones de televidentes. A "Lost" lo ven más de 20 millones. Esto tiene sus pros y sus contras.
-¿Cuáles son las contras?
-Cierta invasión de la privacidad. Me encanta el amor de la gente y la atención que ponen en el producto en el que participo. Pero me vulnera cierta irrupción en mi vida. -Pero en Hawaii estás más resguardado...
-Sí. Los únicos que me persiguen son los paparazzi.
-El año pasado dijiste que te sentías algo frustrado por la oscuridad de algunas historias.
-¿Encontraste algunas respuestas ahora a tu personaje?
-Me sorprendí. Para un actor es excitante trabajar e ir encontrando de a poco lo que viene después. Es como en la vida: no sabés qué va a pasar. Me encanta estar en la misma posición que Jack, de no saber qué le va a pasar. Si tenés mucha información, el trabajo se hace más difícil. Lógicamente, me pongo muy ansioso cada vez que me llega el guión de cada capítulo.
-¿Por qué no se te ve haciendo películas?
-Tuve muchas oportunidades al comienzo de mi carrera y fue buenísimo. Pero después empecé a elegir unpoco. Leo muchos guiones, pero permanezco en este lugar que elegí. Y estoy muy bien. Estoy enfocado en "Lost", que es la base de mi vida laboral hoy en día, y donde deposito mi energía.
Las fotos son gentileza de Buena Vista International Television

Para fanáticos de Lost y El señor de los anillos




Entrevista realizada en los estudios de Disney, en Buena Vista, y publicada el 3 de febrero de 2005, en el diario La Nación.
Muchacho simpatiquísimo, pero muy excéntrico, que se la pasa seduciendo a todo el mundo, ya salía a escondidas con la más linda de la serie (Evangeline Lilly, o Kate, para los amigos). En esa rueda de entrevistas fue el más carismático. Fue una lástima que no esté Josh Holloway...

DOMINIC MONAGHAN

"Yo fui un hobbit"

El actor que personificó a Merry en la trilogía de “El señor de los anillos” ahora protagoniza “Lost”, una de las series más exitosas de los Estados Unidos, que aquí se verá en marzo



Por Pablo Gorlero
(Enviado especial)

LOS ANGELES.– El clima en los estudios Disney es de euforia. Desde que se estrenó la serie "Lost", es un éxito. Esta nueva apuesta de J.J. Abrams, el creador de "Alias", podrá verse aquí desde el 7 de marzo, por el canal de cable AXN, y se perfila como una de las "estrellas" del cable en 2005. La historia parece sencilla, pero no lo es tanto. Un avión que se estrella en una isla desconocida. Quedan 48 sobrevivientes: un muestrario de psicologías diferentes y encontradas en una situación límite desesperante. Sobre este panorama, algo desconocido (un monstruo, un ente o un algo) los va devorando de a poco.
Entre sus protagonistas figura un muchacho rubio, delgado, muy moderno que, a simple vista, provoca un déjà-vu. Uno sabe que lo vio, pero no exactamente dónde. Claro que si la mente inquieta logra dibujar la cara de Dominic Monaghan con unas orejitas puntiagudas, el cabello más largo y rizado y aspecto inocente llegará la imagen de Merry, uno de los cuatro hobbits de la Comunidad del Anillo.
Nació en Berlín, pero se crió en Manchester (Inglaterra), aunque durante los más de dos años que duró la filmación de la trilogía alternó su vida entre Los Angeles y Nueva Zelanda. Ahora, su vida fluctúa entre California y Hawaii, donde se está rodando la serie. Es lo que podría denominarse "un muchacho fashion-cool". Viste ropa moderna, habla con los modismos propios de la juventud y es algo excéntrico: tiene una araña viuda negra como mascota. "De chico tuve lagartos y serpientes. Pero la razón es que soy alérgico al pelo de gatos y perros”.
–¿Cómo te afecta la fama explosiva a través de la trilogía?
–Tuve un gran momento y lo disfruté. Pero nuestro trabajo también es una ilusión. Eso significa que todavía lidio con los mismos problemas, como todo el mundo. Aún me preocupo por mi familia, por mis amigos, por el dinero y me sigo preguntando si éste es el trabajo correcto. Muchos creen que cuando lográs cierto nivel de notoriedad se terminan tus problemas. Y probablemente tengas un poco más, porque ahora sos responsable de muchas más personas. Ojo, también soy consciente de lo afortunado y lo bendecido que soy. Trato de expresarlo día tras día con una sonrisa.
–¿Todavía te preguntás si elegiste el trabajo correcto?
–Sí. Me lo pregunto con cualquier trabajo. También me obsesiono pensando a dónde habría ido a parar si hubiera dicho que no a “Lost”. En esta profesión te multiplicás, y yo me pregunto siempre a dónde puede ir el alternativo Dominic.
–¿No le tuviste miedo al encasillamiento?
–No. Pero soy consciente de que el personaje de Merry fue fuerte. Aunque no es saludable quedarse en eso. Si me regodeara con todo el éxito que logré con ese rol estaría un poco perdido. Mirá, ocurrió algo gracioso en el capítulo piloto de “Lost”. Los escritores me pusieron una frase en la que Charlie, mi personaje, dice: “¿No me reconocen?”. Definitivamente jugaron con la realidad, y fue muy divertido. Creo que la gente estará pensando: “Fue un placer verte como Merry, ahora estamos abiertos para verte en otro rol”.
–¿Y no pensaste que, a lo mejor, podías estar muchos años yendo a esas convenciones de fanáticos?
–Bueno... este año fui a una en Pasadena, pero probablemente sea la única a la que vaya. Estuve involucrado en un documental llamado “Ringers” que habla de los fans de “El señor de los anillos”, sobre por qué hay tantos y qué significa ser un fan. Fui uno de los relatores y estuve en la convención para hablar de eso, con Elijah (Wood) y Billy (Boyd). Está bueno tener un ida y vuelta con la gente. Es lindo ver personas que aún están involucradas en la trilogía y que se interesan en lo que estás haciendo ahora. Sé que probablemente tenga que volver a hacerlo, pero serán esporádicas y no significarán un peso para mí. A lo mejor tengo suerte y me toca una en algún país que no conozco.
–¿No te resulta raro verte en muñequitos, remeras, revistas y todo tipo de merchandising?
–(Se ríe) Y sí, es raro... Pero bueno, es Merry el que aparece, no Dominic. No tengo problemas por verlo a él o incluso a Charlie, mi personaje de “Lost”. Somos todos diferentes personas. Merry es un personaje que compuse; si estuviera yo, me alteraría un poco... Sería raro. Pero tengo la ventaja de poder ver todo en tercera persona. Los veo como seres que están parados detrás de mí, y ése es un buen ángulo. Lo tomo con soda y es divertido.
–¿Cómo era la supuesta “comunidad del anillo” fuera del set?
–“El señor de los anillos” tenía un grupo notoriamente integrado. Eramos una auténtica comunidad. Fue una experiencia única para mí y para los más jóvenes de la trilogía. Orlando (Bloom), Billy y yo estábamos en el mismo punto de nuestras carreras y ahora experimentamos los mismos desafíos y presiones. Por eso nos acercamos mucho. Pasé la Navidad y el Año Nuevo con Billy, Elijah y Orlando. Nos fuimos todos a hacer surf a Kauai. También estoy en permanente contacto con Viggo (Mortensen), Ian McKellen y Andy Serkis. Nos involucramos mucho en nuestras vidas. La fama trae trabajo Este año van a estrenarse nada menos que cuatro películas que lo cuentan en su reparto y seguramente “Lost” tendrá una segunda temporada. Se crió viendo los documentales de la BBC y sueña con hacer uno sobre animales para el Discovery Channel.
–Qué duro tu trabajo: tenés que estar filmando en Hawaii, en un lugar paradisíaco...
–Sí, es un infierno... (ríe) Me retrotrae a muchas situaciones de mi niñez. Soñaba con vivir en una casa-árbol al estilo “La familia Robinson”, me metía en el bosque a cazar insectos. En Nueva Zelanda también lo pasé muy bien.
–En la serie interpretás a un rockero en decadencia, muy conflictuado... ¿Tenés puntos en común con este sujeto?
–Sí. Charlie está un poco confundido, pero aunque sé muy bien quién soy puedo entender sus frustraciones. Pero tiene algunos asuntos que puedo relacionar con experiencias propias. Por ejemplo: es un fan de las mujeres y de la moda. Además, es tan simpático como sarcástico.
–Ahora que sos famoso, ¿te tratan de forma distinta en Hollywood?
–No, nadie me ha dado un trato especial. Aquí no se trata al otro de forma diferente porque todos estamos en el mismo lugar. Hoy aquí y mañana allí. Nadie tiene nada asegurado.




Las fotos son una gentileza de Buena Vista International Television

The Lion King, en Los Angeles






Publicada en la revista Imperio, en julio de 2003

Un ejemplo de creatividad

Por Pablo Gorlero
(enviado especial)

LOS ANGELES, Estados Unidos.- Las formas y subgéneros del teatro musical son tan diversos que aseveran aún más la teoría de que continúa en proceso de formación. Contrariamente a lo que muchos puristas del género puedan afirmar, Broadway no es la cuna de la comedia musical sino el sitio donde se forjaron las grandes producciones. Y esto no le quita mérito, por el contrario, le agrega. Es en el teatro musical estadounidense donde todas las artes funcionan en cadena y con mucho peso. Libro, partitura, escenografía, vestuario, dirección, interpretaciones, todos ingredientes en forma unívoca que dan vida a un hecho artístico que afecta a los sentidos. “El rey león” (“The Lion King”) es una muestra fiel de lo que la parafernalia estadounidense puede hacer cuando se le suma un talento creativo casi sin precedentes.
A juzgar por su éxito, la obra de Disney ya se perfila como uno de los megamusicales que más tiempo va a permanecer en la cartelera de Los Angeles (el récord lo tuvo “El fantasma de la ópera”: 4 años). Dos años después de su estreno neoyorquino, la pieza de Roger Allers y Irene Mecchi se instaló en el renovado teatro Pantages, de Hollywood, una joya arquitectónica barroca casi tan espectacular como el espectáculo que alberga.
Por supuesto, la historia está basada en la película de dibujos animados que escribieron Irene Mecchi, Jonathan Roberts y Linda Woolverton: una fábula sobre Simba, un joven león príncipe que debe madurar en el exilio porque su malvado tío Scar se apoderó del reino de su padre para convertirlo en una tierra desolada. La obra cuenta con las letras y música de Elton John y Tim Rice, pero se le han agregado temas adicionales compuestos por Lebo M, Mark Mancina, Jay Rifkin, Julie Taymor y Hans Zimmer.
A los críticos de Broadway les costó definir qué es “El rey león”. Peter Schneider y Thomas Schumacher, cabezas de la Disney’s Theatrical Division contrataron para semejante desafío a la directora y coreógrafa Julie Taymor, a quien consideraban una gran creativa. Era difícil hacer un musical con animales sin que parezca una obra infantil. A ella se le ocurrió focalizar el espectáculo en los íconos africanos y pensó a los personajes protagónicos con trajes y sombreros especiales, únicos, con diseños de aquél continente y razgos típicos de cada personaje. Otros, como el suricato Timón, el jabalí Pumba, el pájaro exótico Zazu y las hienas son actores con trajes-marioneta que desarticulan a gusto y los hacen formar parte de su propio cuerpo en un derroche de creatividad. Lo mismo ocurre con el coro, que representa a distintos animales e incluso a la vegetación.
Era obligado que el 99 por ciento del elenco sea de raza negra. Y así es también en esta versión californiana que es exactamente de la misma calidad (o mejor) que la de Nueva York. Incluso, la compañía Disney gestionó las visas de trabajo para cinco cantantes sudafricanos que integran el elenco. John Vickery, el actor que animó al malvado Scar en Broadway, integra ahora esta versión, despliega carisma y pone los acentos en la actuación. El resto del elenco se compone por figuras con experiencia en musicales: Clifton Oliver (“Rent”, “Ragtime”, “Grease”), como Simba; Rufus Bond Jr (“Miss Saigon”, “Rent”), es Mufasa; Fuschia (“Les Miserables”, “Dreamgirls”), como Rafiki; Danny Rutigliano (“Godspell”, “Yiddle With a Fiddle”), como Timón; y William Akey (“Ragtime”, “Forever Plaid”), como Pumba, entre otros.
El espectacular vestuario y la creativa escenografía son una idea de la misma directora, quien yuxtapuso todos los géneros en función de las acciones. Así resolvió la estampida de ñus con títeres, escenografía, efectos y coreografía y la cacería de las leonas con un diseño de danza impecable.
Aunque las canciones principales son del archifamoso dúo que componen Elton John y Tim Rice, los temas adicionales contienen desde ritmos africanos hasta el más fiel estilo del musical y constituyen los momentos más emocionantes de la pieza. Los más recordables: “He Lives in You”, “Shadowland” y “Endless Night”.
Aquel que se de una escapada por la meca del cine, que no deje de pasar por el Pantages Theatre. No es tan complicado conseguir entradas como en Broadway. Lo recomendable es pasar por la boletería unas horas antes de la función si es un día de semana, o uno días antes si se quiere ir a una de las funciones de viernes, sábados y domingos. Asimismo, los boletos son mucho más barato que en Nueva York: oscilan entre los 12 y los 77 dólares. Claro que para ubicarse en el pasillo, que es por donde pasan los animales en el tema principal de la obra, hay que pagar 127 dólares.



Se puede ver una edición de video fantástica en: www.disney.go.com/theatre/#/home/

sábado, 14 de junio de 2008

Karina K


Publicada en La Nación, el 6 de octubre de 2007
La comparto porque hacía mucho tiempo que una actriz no me conmovía tanto en un musical, como lo hizo Karina K en "Cabaret". La vi tres veces y siempre terminé emocionado y con la piel de gallina. Ojalá se pueda volver a ver.


Ahora hay un nuevo Cabaret

Karina K brilló en su debut, en el papel protagónico




En mayo pasado se estrenó la versión del musical Cabaret que actualmente está en cartel, con Alejandra Radano en el rol protagónico de Sally. Pero por cuestiones contractuales y compromisos adquiridos, tuvo que dejar su lugar en la obra. Karina K fue la elegida y el miércoles hizo su primera función. También se incorporaron al elenco Laura Silva, como Fraulein Kost, en lugar de Patricia Echegoyen, y Débora Turza, en el coro, en reemplazo de Milagros Michael.

Con su ingreso, Karina K logró una nueva versión de Cabaret . La actriz de Drácula, Te quiero, sos perfecto, cambiá y Víctor Victoria encaró a su Sally Bowles desde la profundidad y consiguió variar el ritmo y la intensidad, sobre todo, de los momentos en que prima el texto.

A su vez, potenció el trabajo de Marcelo Trepat, como su enamorado Cliff, en escenas de difícil composición y diálogos extensos en las que es mucho lo que ocurre. Eso requiere unos tránsitos y cambios importantes y complicados en los actores. Ambos lo consiguen y afianzan un vínculo escénico agradecido.

Durante el primer acto, Karina K dota a Sally de una mixtura interesante de exaltación, exuberancia y sordidez. Conoce muy bien su personalidad y la desnuda en aquellos momentos en los que la invade la bruma. Logra amar a Cliff (Trepat lo transmite muy bien), pero no sabe cuál es su lugar ni qué hacer con sus sentimientos, y eso la vuelve cruel, por momentos. El instante en que canta "Quizás ahora" consigue una intensidad esencial en esos momentos de la trama. Pero el primer aplauso estruendoso lo consigue en "Mein Herr", donde también se luce como bailarina.

En el segundo acto, Karina K lleva a su Sally a su irremediable destino, a su derrumbe, en una composición admirable. Los miles de estudiantes de comedia musical deberían ver en este trabajo cuán importante es una actriz en el género: una gran composición sobre lo vocal y lo coreográfico. La intérprete, finalmente, le pega en medio del pecho al espectador con una versión de Cabaret que podría estremecer a la mismísima Liza Minnelli. Voz y cuerpo en un trabajo excelente.

Por su parte, Laura Silva tiene momentos de lucimiento y es una digna encargada de cerrar el primer acto con "Mañana me toca a mí", canción que minutos antes interpreta Charly G, con un trabajo magistral de armonía vocal.

Pablo Gorlero

viernes, 13 de junio de 2008

El SEÑOR de INSIDE THE ACTORS STUDIO




Publicada en diciembre de 2000, en el suplemento Tevé, del diario La Nación

ENTREVISTA A JAMES LIPTON

Explorador de estrellas
y maestro de las preguntas



Por Pablo Gorlero


(Enviado especial)

NUEVA YORK.- Un día, el mítico y misterioso The Actors Studio de Nueva York, taller de actores al cual era muy difícil acceder -y del que salieron talentos como Marlon Brando, Paul Newman, Sidney Poitier, Dustin Hoffman, Robert De Niro y Anne Bancroft, entre otros-, decidió dejar de lado el misterio que lo rodeaba y repartir un poco de sus conocimientos sobre actuación. Y la televisión fue una de sus herramientas. Tiene programa de tevé propio y uno de los ratings más altos de la televisión paga.
Fue en 1994 cuando a uno de sus vicepresidentes, James Lipton se le ocurrió hablar con la junta de directores de la universidad de artes The New School para permitirle al Actors Studio abrirse y crear una escuela más accesible para los estudiantes de actuación. Su idea no terminó ahí. Pensó que sería importante hablar con actores reconocidos para que donen un día de sus vidas para contar sus experiencias en un seminario televisado del que participan también los alumnos. Así nació “Dentro del Actors Studio”, el programa más visto de la señal de cable Film&Arts y de Bravo Network, en Estados Unidos.
Ya son 40 millones los hogares de todo el mundo que ven a James Lipton, decano de The New School University, interrogar a personajes como Spike Lee, Stephen Sondheim, Kevin Costner, Harrison Ford, Paul Newman, Julia Roberts y tantos otros, que cuentan sin tapujos todos los pormenores de su relación íntima con la actuación, frente a una audiencia de más de 200 estudiantes de actuación.
En su oficina del Greenwich Village, en Manhattan, Lipton dialogó con La Nación Tevé y, orgulloso frente a las casi 200 tarjetas azules que contienen la “data” de su entrevista a Tom Hanks, sin vedetismos dejó a la luz la misma imagen de maestro bonachón que deja ver en la pantalla.
-¿Realmente el programa tiene la finalidad de un seminario?
-Claro. Al principio era sólo eso. Pero inmediatamente los actores empezaron a responder a mis cartas... Sally Field, Arthur Penn, Dennis Hooper, Alec Baldwin... Pensé que no debíamos dejar que todo eso desaparezca y preservarlo con cámaras de televisión. En la escuela no se podía pagar eso, entonces le dije al mundo que teníamos una serie de programas para televisión.
-¿Fue complicado?
-Sólo llevó una semana. Bravo Network (Film&Arts para América latina) dijo que sí inmediatamente y así tenía que ser porque la escuela comenzaba y con ella el seminario.
-¿Se considera un animador o un actor que conduce?
-Ni uno ni otro. Soy uno de los líderes de la escuela. El programa es una clase.
-Bueno, pero mediáticamente su nombre se hizo popular a través de un show, no de una clase...
-Sé lo que ocurre pero, si ves el programa en cada una de sus temporadas, hasta el séptimo año ves que el formato no ha cambiado porque sigue siendo una clase para los estudiantes. Lo que ves en el escenario es sólo una conversación sobre la técnica del actor. Y eso es todo para los estudiantes. Y la audiencia de la televisión es capaz de ver esa interacción.
-¿No le parece que en algunos casos los actores actúan de sí mismos?
-No. No actuamos ni el huésped actúa, ni yo, ni los estudiantes. Algunas veces, cuando empezamos, el actor está muy nervioso o incómodo. Las manos de Harrison Ford y de Paul Newman temblaban en el comienzo. Harrison no pretendía ser Harrison. Lo que ocurre es que muchos de ellos están nerviosos porque no saben qué es lo que va a pasar. Aquí no hay una preentrevista como en la mayoría de los programas de televisión de Estados Unidos.
-Su arma son las tarjetas azules.
-Esa es mi tarea. En mi casa hago un trabajo de investigación de cada invitado. Entre mi tarea como decano y el programa no tengo mucha vida personal.
-¿Es difícil combinar ambas actividades?
-Es lo mismo.
-En un punto sí, pero en otro no.
-Es exactamente lo mismo porque lo que hago en el escenario y frente a las cámaras no es una entrevista sino una conversación. Antes, nos vemos y sólo nos saludamos.
-¿Los entrevistados confían mucho en usted, será porque lo ven como un maestro de actuación?
-No lo creo. El secreto de este show es que los invitados no saben qué va a pasar. Ni yo tampoco. Al principio están rígigidos, pero cuando se dan cuenta de que estoy preparado y que ni yo ni mis estudiantes vamos a traicionarlos, se relajan. Hasta pueden abrir su intimidad porque se trata de dos personas hablando de algo en común que los apasionan: su técnica artística. No tengo ninguna fórmula secreta.
-¿Sólo los famosos pueden ser entrevistados?
-Yo no soy famoso.
-Pero usted no es el entrevistado.
-Bromeo. Hay algunos muy famosos, otros famosos y otros empezando a serlo. Por el programa han pasado algunos que no son estrellas pero son muy talentosos.
-¿Pero podría ser invitado algún actor que no fuera tan popular?
-El unico criterio que se emplea es que esa persona tenga algo que enseñarle a nuestros estudiantes. Originalmente, cuando comencé llenaba cartas pidiéndole a la gente que venga. Ahora ellos me escriben para venir y si una persona famosa me llama para decir puedo hacer eso yo no le voy a decir que no. Jerry Lewis me llamó y De Niro también.
-En Broadway hay muchos protagonistas talentosos que no son populares. ¿Nunca se le ocurrió que alguno de ellos podría estar en su programa?
-No, porque tengo una lista muy larga como para un año o dos. Tenemos que invitar a nuestros entrevistados con mucha antelación. Seis meses y hasta un año, a veces.
-Pero igual, usted también tiene figuritas difíciles. ¿Por qué nunca tuvo a Jack Nicholson y a Marlon Brando que, además, son del Actors Studio?
-Es verdad, ambos son miembros y quisiera que vengan.
-¿No van porque no los invitan o porque no quieren ir?
-¿¡Cómo no voy a querer que vengan!? Marlon me llama seguido y está 45 minutos dándome explicaciones de por qué no viene. Por ejemplo, me habla de la eterna puja entre los grandes maestros. Me dice: “Lee Strasberg le dijo a todo el mundo que me entrenó y no lo hizo. Fue Stella Adler”. Yo le digo “Stella me entrenó a mí también, ven y hablemos de Stella”. Entonces me pregunta qué sé de los indios americanos y sigue gastando tiempo por teléfono. Por el momento es lo único que hacemos. un tironeo.
-¿Y usted a quién prefiere: a Stella Adler o a Lee Strasberg?
-A mí me entrenó Stella. El Actors Studio hoy contiene a todas las vertientes del sistema de Stanislavski. Los directores y Al Pacino fueron entrenados por Strasberg, Harvey Keitel por Stella y Robert de Niro y Ellen Burstyn por ambos.
-Bucea mucho en el interior de sus entrevistados. ¿Los hace practicar “memoria emotiva” y “El Método”?
-(Se ríe) Algunas veces.
-Alguno de ellos llegó a admitir su alcoholismo...
-Sí, cierto. Jack Lemmon habló con nosotros de eso. Fue uno de los más sorprendentes momentos que tuvimos. Fue completamente honesto. Después invité también a James Caan, Ed Harris y Richard Dreyfuss y hablaron de sus problemas con el alcohol y las drogas. ¿Adivinas por qué? Por los estudiantes. Para que ellos entiendan lo perjudicial de esas cosas. Esta semana tendremos a Melanie Griffith que acaba de salir de su rehabilitación. Ella es muy valiente. Usualmente espero que la persona traiga el tema, yo no lo toco. Si ellos lo traen yo voy ahí.
-Lo curioso es que los entrevistados desnudan su intimidad sin tratarse de un programa de chismes.
-Desnudos totalmente y sin chisme. Es extraordinario. Nunca pregunto sobre divorcios o asuntos amorosos, pero a medida que la noche va progresando, ellos empiezan a cuestionarse cómo se convirtieron en lo que son.
-¿Hay alguien a quien no invitaría nunca?
-A cientos de personas. Porque “apestan”.
-¿Por ejemplo?
-Sólo te lo diría con un revólver al cuello.
-¿No se siente condescendiente con algunos invitados?
-Ocasionalmente me han criticado por eso. Es falso. Una noche de seminario puede durar entre tres y cuatro horas. El programa de Spielberg duró cinco. Elijo esos momentos que ambos admiramos. Por eso es que dicen que solamente admiro. Escojo a la hora de la edición aquellos momentos que son válidos tanto para el invitado como para los estudiantes y para mí. Y, al fin y al cabo, yo no soy un periodista... Si lo fuera hasta tendría otros sentimientos y mataría a algunos entrevistados. Pero yo tengo 239 estudiantes ahí. Por qué voy a golpear a esta persona y terminar con todo. Ellos se critican a sí mismos también. El día que les tienda una emboscada, será el final del programa.
-¿Y usted se imagina al programa con otro conductor?
-Espero que Dios me de salud y no lo permita.
-¿Algunos de sus entrevistados son amigos suyos?
-Sí.
-¿Eso no lo condiciona?
-No. Por el contrario. Son amigos míos Arthur Penn, Faye Dunaway, Sidney Lumet...
-¿No admite que los actores tienen un ego enorme?
-No, son increíblemente humildes y nada egoístas.
-¿Y por qué cuando llegan a la fama algunos cambian?
-(Se dirige a una de sus mejores alumnas de tercer año, la puertorriqueña Mónica Pérez Brandes) Cuando Mónica descubra el momento en que el actor sale fuera de aquí, de su capullo, descubrirá que somos carne en un mercado de depredadores. Eso provoca algo en ellos. Les crea una protección. Es lo que un actor hace y lo que un actor es. Profesionalmente, eso hace que ellos creen una barrera que el mundo le llama ego. Si los actores no fueran tratados como dioses o demonios, como productos, todo sería distinto. Pero por qué vas a convertirte en famoso en esta crueldad. Por ego no. Porque tienes que mandar a tus niños al colegio. El mundo presiona a los actores a comportarse de cierta manera. Y cuando vienen al programa no tienen que protegerse de ese mundo porque eso es sólo mierda.
-¿Cuánto de talento, cuánto de trabajo y cuánto de suerte?
- Justo alguien te ve en la calle y sos el tipo perfecto para una película: suerte. Stanislavski dijo que no se puede enseñar el talento. Los estudiantes lo traen y nosotros tratamos de liberarlo. Y la técnica le va a ayudar a usar ese talento. Es todo.
-¿Me deja robarle las preguntas que, a su vez, usted le toma prestadas al final de su programa al “Bouillon de culture” de TV5?
-Nunca le responderé esas preguntas a nadie que no sea Bernard Pivot, su conductor. Ya me invitó a que esté en su programa en Francia.
-¿Y por qué no fue todavía?
-Porque tengo que trabajar. Pero en algún momento voy a ir.
-¿Cuántas tarjetas azules tendría su reportaje?
-Cero. No tendría ninguna porque ya me conozco. En “Saturday Night Live” hay un comediante que hace de mí e imitan a mi programa. En cada emisión tienen una pila más grande de tarjetas azules.
-¿Le molesta?
-Hace unas dos semanas estuvo en nuestro programa Mike Myers. Es uno de los comediantes originales de aquél ciclo. Después de la grabación fuimos a comer y hablamos de la imitación. Y mientras cenábamos, escribimos un sketch en el que, al final, nos tirábamos las tarjetas uno al otro. Me divierte.
-¿Alguna vez pensó que alguna emisión salió mal?
-Nunca. Porque después de tantas horas de trabajo, nunca sentí que los estudiantes no hayan aprendido algo. Esto comienza y termina como en un salón de clase.

PERFIL DE JAMES LIPTON

· Es uno de los vicepresidentes de The Actors Studio.
· Es decano de The New School University.
· “Dentro del Actors Studio” comenzó en abril de 1994 con una entrevista a Alec Baldwin. Le siguieron Paul Newman y Stephen Sondheim.
· Recibió dos nominaciones y un premio ACE y tres nominaciones a los Emmy.
· Además de animador es el productor ejecutivo del programa.
· Es actor, director y dramaturgo y nunca tuvo que audicionar para entrar al A.S. Lo convocaron.




Escuela mítica:
El Actors Studio es un taller de actores, directores y dramaturgos fundado en 1947 por Elia Kazan, Cheryl Crawford y Robert Lewis. Desde 1949 hasta 1982 estuvo dirigido por Lee Strasberg, el creador del famoso Método, basado en las técnicas de Konstantín Stanislavski. Hoy tiene su carrera en The New School University.




Para ver información sobre su libro: http://www.bravotv.com/Inside_the_Actors_Studio/Inside_Inside/index.shtml

INVESTIGACIÓN SOBRE TEATRO MUSICAL EN LA ARGENTINA


HISTORIA DE LA COMEDIA MUSICAL EN LA ARGENTINA
Desde sus comienzos hasta 1979
De Pablo Gorlero
Marcelo Héctor Oliveri Editor

Lo conseguís en casi todas las librerías de la avenida Corrientes.

Próximamente:
HISTORIA DE LA COMEDIA MUSICAL EN LA ARGENTINA
Desde 1980 hasta 2008
De Pablo Gorlero
Marcelo Héctor Oliveri Editor
Colaboración en investigación: Laura Ventura

Vieja entrevista a Adam West y Frank Gorshin


Publicada en 1998, en Diario Popular. Fue durante la visita que hicieron Adam West y Frank Gorshin a Buenos Aires.

Batman y el Acertijo, socios

Por Pablo Gorlero
No es la primera vez que Adam West, el legendario Batman de la serie televisiva, pisa la Argentina. Por eso, cuando ingresó a la conferencia de prensa de Fantabaires, lo hizo relajado, bromeando con los organizadores y con su amigo Frank Gorshin, el actor que personificó por aquellos años a “El Acertijo”.
Aunque ya se murmuraba su presencia, Robert Englund, el Freddy Krugger de las películas “Pesadilla en la calle Elm”, finalmente no llegó a un arreglo. Por eso, West y Gorshin se convirtieron en las únicas estrellas de esta convención anual de historietas, humor gráfico, dibujos animados, ciencia ficción y terror creada por el Club del Comic y producida juntamente con DG Producciones (Daniel Grinbank) que viene realizándose desde el viernes 5 y culminará el domingo 14.
Ambos personajes estarán en Fantabaires durante el fin de semana para firmar autógrafos y tomarse fotografías con los fanáticos que cada día colman las instalaciones del Centro Municipal de Exposiciones.
West ya estuvo presente en Fantabaires 97 y, a fines de la década del 70, participó durante algunos meses en un programa de Canal 13 junto a las Trillizas de Oro y al actor Jorge Paccini, quien personificaba a un desgarbado “Hombre Flecha”. “Recuerdo muy bien a aquellas chicas. Eran muy bonitas. Pero tengo mejores recuerdos de muchas otras personas en este país”, dijo el actor.
Ante una deficiente intérprete y algunos periodistas graciosos, incluido un Batman trucho, se desarrolló una desarticulada conferencia de prensa en la que primó el excelente humor de ambos actores. Tanto West como Gorshin bromearon sobre la ropa ajustada que les tocaba usar en el set de la serie, contaron anécdotas y se refirieron a sus compañeros.
Dos años atrás, Burt Ward –el Robin de la serie- escribió un polémico libro en el que acusaba a su compañero de fórmula de acoso e instigación a concurrir a fiestas privadas, entre otras cosas. Ante el recuerdo de ese libro, Adam West esbozó una despreocupada sonrisa. “No me preocupa ese libro. Dice cosas que no son ciertas. Me dibuja como una mezcla del Pato Lucas, Erroll Flynn y King Kong”.
Con respecto a sus otros compañeros, afirman tener una buena relación, aunque dejaron de verse después de la finalización de la serie, en 1968. “Nos reencontramos hace un tiempo en un show televisivo muy popular llamado ‘Danny and Mourin” al que fueron los actores que personificaron a Robin, Batichica y las dos Gatúbelas, con Batimovil incluido. Muchos de los que trabajaron en la serie ya fallecieron”, comenta “El Acertijo”.
Gorshin y West son amigos en la vida real y comparten nuevamente otro set de filmación. Ambos son villanos en la nueva serie televisiva “Black Scorpions”. “Siempre tuve cierta envidia a los actores que hacían de malos. Se veía más divertido. Yo quería hacer un papel así alguna vez. Por suerte me llegó el turno y ahora soy un hombre que le roba la respiración a la gente”, comenta West. “Yo vuelvo a ser otro maldito y estoy orgulloso de esta nueva serie y por trabajar nuevamente con mi amigo. Soy ‘El Relojero’ y, lógicamente, tengo un traje lleno de relojes”, agrega Gorshin.
No son muy afectos a entrar en comparaciones con las versiones más modernas de sus personajes. Adam West se limitó a decir que “las películas de Batman dibujaron a un personaje oscuro, frío y muy diferente al que compuso él en la serie”. En tanto Gorshin desvió la pelota para otro ángulo jurando que “no vi la película, pero Jim Carrey es un buen actor, así que seguramente debe haber hecho muy bien su trabajo”.
Ya no se asombran por la cantidad de seguidores que continúan teniendo en todo el mundo. Orgulloso, West contó que existen dos bandas de rock que llevan su nombre. “Una en Washington y otra en Escocia. A esta última le va muy bien y ya estoy pensando en convertirme en telonero de ellos”, bromeó.
El público siempre bromeó con la relación que supuestamente llevaban Batman y Robin. El joven maravilla era bastante grandecito como para ser criado por un adinerado muchacho treintañero y eso originaba muchas dudas sobre la sexualidad de ambos. “Puedo afirmar que cuando comenzó la serie muchos psicólogos comenzaron a escribir libros y hacer tratados intentando desentrañar la relación entre Batman y Robin. Se escribieron muchos libros que dicen que ambos justicieros eran gays. Eso era genial debido a la promoción que se hacía del programa pero, por la forma en que vivían Bruno Díaz y Ricardo Tapia, custodiados de cerca por su tía Harriet, puedo afirmar que sería imposible que fueran homosexuales”, explica West. “Sin embargo, yo pienso que quien era gay era la tía Harriet”, agrega Gorshin con la risa clásica de “El Acertijo”.

Spregelburd en épocas de La Estupidez

Publicada en septiembre de 2004, en la revista "La Mano"

El loco lindo del teatro off

Rafael Spregelburd se convirtió en un autor de culto al que no sólo siguen cientos de espectadores fieles que cada vez ganan más adeptos, sino que además, es estudiado por europeos y está considerado como uno de los artífices del “nuevo teatro argentino”.

Por Pablo Gorlero

El muchacho parece muy inteligente. Hum.... Es un sospechoso. Muchos a los que uno no respeta por obsecuentes dicen que es lo mejor que hay en teatro. Hum... No hay garantías suficientes. Pero enseguida, uno comienza a escuchar ese murmullo de la gente común que se desparrama como una mancha de aceite: “Andá a ver lo de Spregelburd. No te lo podés perder”.... Hum... Ahí uno se pone atento como suricata lider. Está bien, el público no siempre tiene la razón porque acude en oleadas a ver la revista de Sofovich o los espectáculos pedorros de Nito Artaza y Cherutti. Pero cuando los que te recomiendan la obra pertenecen a ese entorno íntimo que se respeta por acercarse a la media de inteligencia a la que uno cree pertenecer, la cosa cambia. Hay que ver a Spregelburd. Sin dudas. Es lo más. Entre otros, por supuesto. Pero éste no defraudó nunca aún.
Rafael Spregelburd es un muchacho bien, para qué mentir. Pero con onda. Con mucha onda. Sabe hablar perfectamente en inglés, en alemán y en esperanto. (Pausa) Sí, esperanto. Pero aunque lo parezca, no es un muchacho raro. Es campechano, verborrágico, fachero, con los pelos parados y, sobre todo, muy inteligente. Se enamoró de la actuación de muy joven y, contrariamente a lo que se cree, llegó a la dirección y la dramaturgia como consecuencia de su trabajo como actor. Estudió con Ricardo Bartís y Mauricio Kartún y cursó algunas materias de la carrera de artes de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Arrancó pisando fuerte. Con su obra Destino de dos cosas o de tres, en 1992, ganó el Primer Premio Nacional de Dramaturgia y fue estrenada en el teatro San Martín por Roberto Villanueva. Le siguieron otras: Remanente de invierno, Moratoria, Dos personas diferentes dicen hace buen tiempo, Entretanto las grandes urbes, Raspando la cruz y Motín, entre otras. Pero desde 1997 viene jodiendo con los siete pecados capitales que componen la heptología del cuadro de El Bosco, ese monje flamenco que seguro se fumaba porque hacía cuadros de múltiples interpretaciones y dignos de la más salvaje alucinación. “Me fascinan para el teatro aquellos estímulos que no vienen del mismo teatro. En algún momento ha sido la lingüística, en otros las lenguas artificiales como el esperanto, la física y, en el caso de El Bosco, la gramática de sus pinturas, que me pareció increíble. Pintó en una época de enorme crisis, pero su pintura no se parece a lo inmediatamente anterior ni a lo inmediatamente posterior. Hizo una pintura muy moral, sin darse cuenta de que, en realidad, va más allá de su discurso moral. En su obra se han perdido las jerarquías. En el caso de su tabla redonda de Los siete pecados capitales, para ver cada una de las representaciones hay que tener una actitud muy activa como visitante del cuadro. Esto a mí me pareció muy teatral”, explica Spregelburd.
En 1997 estrenó La extravagancia, para referirse al pecado de la envidia; le siguieron La modestia, por la soberbia; La inapetencia, por la lujuria; La estupidez, por la avaricia; y El pánico, por la pereza. Esta última es la única que se mantiene en cartel (en el Teatro del Pueblo), en tanto La estupidez se levantó hace algunas semanas luego de dos años de éxito, para partir rumbo al Festival de Manizales, en Colombia; al Festival de Cádiz, en España; y una gira por este último país. Probablemente el año que viene, La estupidez se reponga.
La estupidez es esa obra de la que todo el que circula por el ambiente off habla. Dura tres horas veinte y, entre pitos y flautas, intervalo y “empiezo” se hacen casi cuatro. Pero el ritmo que tiene es tan vertiginoso que el tiempo se pasa volando. La obra tiene 24 personajes compuestos por cuatro actores que entran y salen en un contexto casi cinematográfico. El mismo Spregelburd interpreta a cinco. Además... milagro en el sector “endiosado” del circuito off porteño: en La estupidez, así como también en El pánico, te cagás de risa todo el tiempo. Pero no con un humor Los Roldán, sino con subtextos, metalenguajes, gags, personajes desopilantes y múltiples lecturas, por lo general, fáciles de decodificar. Spregelburd no le exige al espectador que se rompa los cesos intentando saber qué quisieron decir el autor y el director. “Pienso que la única posibilidad de supervivencia del teatro está profundamente en la comedia, pero no digo en el chiste, sino en el género. Considero a la tragedia como una especie de coito histórico de cierta época de la historia del hombre. Me parece difícil entender ahora la esencia de lo humano como trágica porque es más cómica. Hace unos días vino una ilustradora a saludarme y me dijo que le habían recomendado La estupidez y tenía miedo de ir porque se preguntaba: «¿Será una de esas obras donde la gente se arrastra por el piso?». Me pareció una definición genial porque expresa el prejuicio que tiene la gente. Estaba contenta porque la obra la había entretenido por un tiempo. El teatro le exige al espectador cuando es aburrido. De todos modos, creo que si hay autores que sienten que su trabajo tiene que ser más críptico, yo los respeto mucho. No creo que haya que darle al público siempre lo que espera o entretenerlo de la manera que quiere. Si no, no se producirían cortes en la historia del teatro. Lo que creo es que hay obras buenas y malas. A veces son muy malas y el espectador ni siquiera lo sabe porque no ha entendido nada de nada y no puede compararla con nada conocido. Eso es terrible porque ese tipo no va a volver nunca más al teatro”, explica.
En 1999 se juntó con otros dos autores-directores que, junto a él, forjaron el denominado “nuevo teatro argentino”: Javier Daulte y Alejandro Tantanián. Estuvieron varios meses escribiendo La escala humana, que se estrenó en el otoño de 2001, en coproducción con el teatro Hegel, de Alemania, y el Teatro General San Martín, de Buenos Aires. Era un melodrama policial en el que los espectadores caían en la trampa de creer resolver un hecho policial, cuando en realidad, resolvían un problema sentimental entre los personajes. Fue un hecho singular y dominante en la historia del teatro local. Y Spregelburd sabe muy bien el lugar que ocupa. Inclusive, se imagina estudiado dentro de 40 años, como hoy se puede analizar el teatro de Gregorio de Laferrère o de Ezequiel Soria. “Me imagino así, aunque me da cierto temor decirlo. Es que me está pasando ahora y es más raro todavía. Me ocurre también con algunos extranjeros que vienen a la Argentina y aprovechan y se sorprenden mucho de que sea tan joven. Por eso tampoco creo mucho en eso de la posteridad. No creo que haya un teatro con mi nombre porque es impronunciable y nadie va a saber ni siquiera cómo llegar. Pero no creo que sea un caso particular sino generacional. Pertenezco a una generación donde los modelos se han roto bastante y hay muchos contemporáneos míos en una situación muy similar. Es bueno porque ha habido una verdadera refundación del teatro nacional donde algunos autores empiezan a resonar mientras están trabajando. Sería bueno que no pasaran años como les ocurrió a Armando Discépolo o a Roberto Arlt para que fueran valorizados. Te confieso que al principio tenía mucho pudor por esto. Yo decía: ¿por qué estás estudiando mi obra, que es algo que ni siquiera yo comprendo? Y empecé a respetarlo cuando la mirada del otro es objetiva y tiene sus propias ideas al respecto. Bueno, en realidad, la obra de uno es una excusa que el otro requiere para desarrollar su discurso estético. Me está pasando ahora particularmente en mi rara relación con Harold Pinter. Es un hombre muy celoso de sus obras. Para mí, es el autor vivo más importante del mundo”. Hay que aclarar aquí que, en sus comienzos, Spregelburd tomó escenas sueltas de Traición y de Viejos tiempos –del autor inglés- y los mezcló para hacer Varios pares de pies sobre un piso de mármol. “Cuando hice aquella adaptación que, naturalmente, él no estaba dispuesto a autorizar, empezamos a escribirle unas cartas contándole de qué se trataba y por qué, apelando también a un sentido político. «Pinter: usted es un revolucionario. Tiene que hacerse cargo de que otros también continúen con una línea que, no siendo la suya, buscan. Me dijo que sí y, además, vino a verla. A partir de ahí, trato de indagar en mi vínculo con aquello que consideraba «la posteridad». Es decir, cómo es mi relación con «un grande». Y por momentos me da mucha vergüenza. Ahora estoy traduciendo unas obras suyas para editorial Losada y me voy a encontrar con él cuando viaje a Londres. Por otro lado, es una de esas situaciones imposibles porque para mí no ha habido sólo una liberación de decir: «Estoy tocando a un grande». Digo: ¿le pasará esto a otro cuando se vincula a mi obra de esa manera? Entonces empiezo a ponerme en ese otro punto de vista”.
Puede vivir del teatro. Su habilidad para los idiomas le facilitó el acceso al mundo teatral europeo y, por aquellos lugares, se cobra en euros. Por lo tanto, un par de festivales por año y una buena girita, tanto a él como a su elenco los puede hacer tirar bastante más que una temporada a sala llena en Buenos Aires. Y le va muy bien. Luego de su actuación con La estupidez en el Festival de Manizales, volará rumbo a Londres para asistir a una lectura de la adaptación de su obra para que la estrene el National Theatre de Inglaterra. Aunque no todo está dicho para que se pueda estrenar en ese circuito. “Vamos a decidirlo allá. Ellos comisionaron la traducción de la obra para ver si se hace. Se va a presentar en una lectura pública en un pequeño festival latinoamericano en Londres. Yo voy a tratar de ponerme un poco de acuerdo con el traductor-adaptador porque no tenemos muchas coincidencias. Es una experiencia muy curiosa. La obra transcurre en Las Vegas y está escrita en una especie de castellano medio neutro, que pertenece al imaginario de las series mal dobladas. Entonces yo exploté mucho ese absurdo de que sean apostadores que están en aquella ciudad y que comen chorizos en el patio del hotel. Siempre esa cosa de ningún lugar y, al mismo tiempo, errónea. En inglés eso no existe. Ellos vieron las series norteamericanas sin doblaje. No hay un imaginario que filtra la televisión como estética. Entonces es muy curioso porque todo lo que para acá es absurdo, para ellos es realista. Y no terminamos de ponernos de acuerdo sobre la versión . Por otro lado, la verdad es que tengo muy poca autoridad para meterme en eso. Inglaterra es un país muy particular, que se autoabastece de teatro. No tiene necesidad de salir a buscar nada afuera. Tiene muchísimos autores y muchísimo público. El asunto es que se está haciendo una versión que parezca no traducida, que hubiera sido escrita originalmente en inglés y, encima, en inglés americano. ¡Ah... porque si transcurre en Las Vegas no puede ser en inglés británico! Entonces consiguieron a un traductor «bilingüe», como dicen ellos, que no habla español, pero es británico y vive en Nueva York. Es un disparate. Ahora está terminando esta versión que tiene algunos cortes también porque consideran que la obra es muy larga. Cuando es un autor que quieren presentar, no puede ser una obra de extensa duración”. Bueno, es evidente que a Spregelburd no le gustan que lo anden manoseando. “Es la primera vez que me pasa. La obra se tradujo al alemán y fueron super respetuosos. Por otro lado, entiendo que no es mi proyecto. También me han toqueteado obras en el interior del país y ni siquiera me enteré. No es tan raro como autor sino como director o como actor. Siento muchísimo celo cuando se trata de una obra que estoy haciendo. Cualquier otra cosa que hagan distinta a la que yo tengo pensado está mal porque no es lo que yo escribí y, después, dirigí. Todo está junto. En ese sentido estoy tratando de ver qué me pasa con esta obra en Londres. Espero que funcione para ellos. Para mí no”.
Junto con los mencionados Daulte y Tantanián se convirtió en uno de los directores-autores más prolíficos. Eso lo abruma un poco. El 17 de agosto de 2003 estrenó La estupidez, y dos días después, su experiencia de teatro seriado Bizarra, que se transformó en un fenómeno de culto. Además, ya tenía en cartel El pánico. Era una verdadera movida Spregelburd. Bizarra tenía diez capítulos y estuvo tres meses en cartel en el Centro Cultural Ricardo Rojas. Generó una movida de público impresionante que se volvía loco por comprar figuritas con los personajes para llenar un álbum, también diseñado por el director. “Me agotó, pero me gustaría reponerla. Tenemos pensadas varias alternativas. Nos reunimos para tratar de reflotarla. Pero es muy difícil. Participaban más o menos 50 actores. Para ensayar por lo menos 3 o 4 veces cada capítulo y volver a encontrar un horario en el que todos puedan, implica reemplazar a 22 actores. Eso significa que es mejor hacer una segunda parte. Pero le voy a dedicar un par de años. También hay un proyecto de hacerlo en formato fílmico. Eso sería divertido, sería como cuando daban Pink Floyd The Wall en el cine Arte, todos los sábados a la medianoche y había gente que se reunía especialmente para eso”. Existe también la posibilidad de llevarla a un canal de cable, pero todavía se está evaluando. El muchacho tiene mucho por hacer. Incluso completar su heptología: le faltan dos pecados capitales, la gula y la ira. No sabe cuál será la próxima estación, pero tiene en claro que debe apurarse a escribirla porque a su elenco le llueven ofertas de todos lados y corre el riesgo de perderlo. “Me tengo que poner a escribir. Pero en este momento es más una obligación que un placer. Es que aquella experiencia de tres obras juntas fue enloquecedora. Cuando me preguntan qué es lo próximo, digo «nada, no voy a escribir una obra nunca más en mi vida»”. Todos sabemos que miente. Y también lo deseamos.

jueves, 12 de junio de 2008

La danza de los vampiros







Publicado el 16 de junio de 2006, en la revista Imperio

Impecable el musical de Polanski

Por Pablo Gorlero

Stuttgart, Alemania (Enviado especial).- La predicción que, en 1967, hizo el director de cine polaco Roman Polanski con su “Danza de los vampiros” se está cumpliendo a rajatablas y a ritmo acelerado. La vampirización de la sociedad era uno de los temas que le preocupaban a este amante del suspenso y hábil crítico del establishment. Y la película obtuvo un éxito impresionante en todo el mundo. Sobre todo, fuera de los Estados Unidos. Por eso, Polanski tuvo muy en claro que no había que agotar el tema en ese film. Que daba para más. Comprendió que la comedia musical era el género que más había progresado en las últimas dos décadas del siglo XX y no dudó en hacer cantar y bailar a sus grotescos personajes.
La versión musical de “La danza de los vampiros” se estrenó en el Raimundtheater de Viena, en octubre de 1997 y, desde hace un año, es un éxito de taquilla en el SI-Erlebnis Centrum, de Stuttgart, en el estado alemán de Badem-Wurtemberg, convertido desde hace tiempo en uno de los principales centros mundiales del musical.
La producción, encarada por Stella Entertainment, sobrepasa los 3 millones de dólares y ya reunió más de xxx mil espectadores sólo en Alemania. Asimismo, la temporada vienesa marcó uno de los mayores éxitos del teatro austríaco.
“La danza de los vampiros” (“Tanz der vampire”) es una sátira a las películas de terror plagada de connotaciones sociales y un hábil manejo de la ironía. La trama gira en torno a dos cazadores de vampiros: el disparatado profesor Abronsius y su ayudante, el joven y tímido científico Alfred. Ambos llegan a Transilvania para agudizar sus estudios y confirman su teoría de la existencia de vampiros, en la posada de Chagal y Rebecca. Allí, Alfred se enamora de Sarah, la hija de aquéllos, que pronto es raptada por un vampiro que domina la región: el conde Von Krolock. Ambos valientes van tras él y se topan con numerosas desventuras dentro del castillo. Entre ellas, Alfred sufre el acoso de Herbert, el hijo gay del conde vampiro, en un divertidísimo vals.
La puesta es exquisita, con escenografías espectaculares, un vestuario impecable y un diseño de luces que supera a muchas producciones de Broadway. El libro y las letras son de Michael Kunze (basados en la película de Polanski), un personaje muy vinculado con el musical en Europa. Es uno de los responsables de “Elisabeth”, un musical multipremiado en Austria, Alemania y la República Checa y de “Fly, Robin, Fly” y “Hexen Hexen”. Por su parte, la música es del popular Jim Steinman, quien compuso para celebridades del rock y el pop como Meat Loaf, Celine Dion, Bonny Tyler y Boyzone, entre otros. Asimismo, es el compositor del último texto de Andrew Lloyd Webber: “Whistle Down The Wind” y de películas como “Calles de fuego”, “La máscara del Zorro”, “The Shadow” y “Footloose”. En “La danza de los vampiros” incorporó su disco más vendido y uno de los mayores hits de los años 80: “Total Eclipse of the Heart” (“Totale Finsternis” en la obra).
La dirección es del mismo Polanski, quien condujo magistralmente a un elenco encabezado por figuras de trayectoria en el género como Kevin Tarte (Von Krolock), Werner Bauer (Abronsius), Fritz Schmid (Alfred), Barbara Köhler (Sarah), James Sbano (Chagal), Debby Boekema (Magda), Thomas Mülner (Herbert), Alyssa Preston (Rebecca) y Kai Helm (Koukol). Esta vez no son bailarines o actores que zafan en el arte de Stanislavski. Son excelentes actores que, además, cantan y bailan magistralmente. A su vez, Dennis Callahan diseñó interesantes coreografías para los altísimos bailarines alemanes.
Broadway vedado
Cabe recordar que Roman Polanski abandonó los Estados Unidos hace veintitrés años para evitar una condena por violación. Desde entonces, reside en Francia y trabaja incansablemente en Europa. Recientemente culminó en Varsovia el rodaje de “El pianista”, un film basado en la historia de un músico polaco que sobrevive el Holocausto. Los productores alemanes y austríacos recibieron varios ofrecimientos para que “La danza de los vampiros” suba a escena en algún teatro neoyorquino. Pero, hasta ahora, los intentos de los abogados de Polanski por interceder ante la Justicia de California han sido infructuosos. El director no desea que otro dirija su obra en los Estados Unidos y quiere seguir peleando por su retorno. De todas formas, aunque la versión no es oficial, sería inminente el desembarco de la pieza en Londres.
Hacía mucho que no se veía un musical tan completo y resulta extraño que no pueda ingresar a las grandes capitales del género. El principal protagonista de la obra –totalmente cantada- es el humor, ataviado con un gran despliegue escénico y de talento. Imperdible para quienes anden dando vueltas por el centro de Europa y, sobre todo, para aquellos amantes del mejor musical.

Norma Aleandro

Escrita para la revista Sucesos Argentinos, de España, a mediados de 2006

Norma Aleandro

“Tardé veinte años en volver a España”

La actriz argentina acaba de regresar de una gira y cuenta su relación afectiva con la tierra de sus ancestros. A su vez, recuerda los sinsabores y las alegrías de su exilio político en Madrid.

Por Pablo Gorlero

Hasta fines del año pasado estuvo haciendo una gira por casi todo el territorio español, con su amigo Sergio Renán, para representar la pieza “Mi querido mentiroso”.

-¿Es divertido o agotador una gira de esa magnitud?
-Andar cambiando de ciudad cada dos días es cansador. Pero fue muy divertido porque hicimos la gira en una camioneta y se armó un grupo muy lindo. Además, España es preciosa y conocimos muchas ciudades del País Vasco, Galicia, Andalucía, Castilla.
-En este tipo de viajes es cuando uno se da cuenta de que España es un conglomerado de pueblos, ¿verdad?
-Exacto. Pero te diría que se nota hasta qué punto son varios países, con sus autonomías, sus posibilidades de h hablar sus lenguas y recuperar su cultura, algo que lograron desde que tienen democracia.
-¿Qué diferencias encontrás entre estas comunidades y con cuál te sentís más identificada?
-Mi madre (María Luisa Robledo) y mi hermana (María Vaner) son madrileñas. A su vez, la madre de mi mamá era de Castilla la Vieja, de Arévalo; y su padre era de Granada. O sea que tengo tanto de andaluz como de castellana. Pero por parte de mi padre, de Italia. Es un clásico argentino: ítalo-españoles. Me gusta muchísimo. Me siento identificada con Castilla porque es la tierra de mi familia y con Andalucía ni hablar. Pero, por ejemplo, el País Vasco, Asturias y Galicia me enamoran. Nunca me voy a olvidar un viaje que hicimos con mi marido a Finisterre, hace dos años, cuando fui a filmar una película. Esos tres países son muy bellos y tienen gente muy bella.
-¿Durante tu exilio de cinco años no tuviste ocasión de recorrer España bien?
-Vivíamos en Madrid y viajamos ya casi al final, cuando nos volvíamos, que hicimos un pequeño recorrido para conocer más. Ibamos seguido a Andalucía porque mi esposo daba clases en Sevilla. Pudimos conocer bien esa Sevilla que no es para turistas, nos la mostraban los médicos alumnos de mi marido.
-¿Cómo fue el recibimiento esta vez?
-La recepción del público fue muy buena. Se llenaba el teatro pero, además de eso, le gustaba a la gente. Se quedaban al final de la función para decirnos qué les había pasado. Es que últimamente hubo muchas películas argentinas allá y la gente es muy cariñosa y generosa.
-¿Cuándo volvés a España sentís que sos visita o te sentís parte?
-Mirá, el cambio fue muy grande. Pasaron veinte años sin que mi marido y yo volviéramos, luego del exilio. Fue cuando, hace tres años, volví para filmar “El deseo”.
-¿Por qué tardaron tanto en regresar?
-Porque el exilio es un shock muy grande, muy especial. Cuando volvimos no nos propusimos hacer un tour de recuerdos. Entonces fuimos a Galicia, unos días a Madrid, pero no más de una semana. Tenemos una pequeña finca en Guadalajara, a 80 kilómetros de Madrid. Es una pequeña casita en una sucesión de pueblitos. Ni siquiera habíamos vuelto a ese lugar. Sabíamos que fue usada por una gran cantidad de argentinos y no argentinos que se la fueron prestando unos a otros. Pero no nos animábamos a ir.
-¿Nunca más?
-Fui hace dos años, cuando regresé a hacer una temporada con Sergio Renán. Ahí está todavía nuestra casita.
-¿Y qué te pasó cuando la viste?
-Me impresionó mucho porque se había quemado el bosque, que era hermoso. Pero me llamó la atención que la casa no estuviera destruida, ya que tenía la puerta sin cerrojo. Lógicamente se llevaron los muebles, pero no estaba ni pintada, ni dañada. Después, con mi marido, fuimos a recorrer los departamentos donde habíamos vivido. Fueron dos, en Madrid. Nos impactó mucho. Encontrarnos de nuevo con esos barrios, recordar todo... Fue muy importante para nosotros poder estar ahí exiliados.
-¿Era un recuerdo de cariño o de pena?
-Sí, de cariño. Fue muy fuerte porque con Fede y con mi h ijo hemos rescatado siempre lo mejor de ese exilio. Y bueno, nos encontramos también con un país cambiado. Nosotros habíamos llegado cuando recién comenzaba la democracia y el famoso destape. Todo era una gran novedad para ellos: veían películas que nunca habían podido ver y tenían una forma de vivir distinta.
-¿Cuáles fueron las cosas buenas del exilio?
-Es que es una prueba con uno mismo. Son esos daños que te matan, pero que te hacen más fuertes. Lógicamente, al hacerte más fuerte, corrés peligro de crear una muralla con la otra gente. Pero no fue nuestro caso. Nos cuidábamos mucho entre nosotros tres de no volvernos amargados. Cuidamos no perder la alegría de vivir y considerar todo el tiempo con cariño al país que nos había dado un lugar para vivir. Es que el problema del exilio es que muchos empiezan a odiar al país donde han llegado y lo comparar todo el tiempo con el propio o le buscan los defectos. Nosotros no permitíamos que, en las conversaciones, se hablara mal de España. Era el lugar que nos estaba dando la posibilidad de vivir y eso fue bueno. Otra cosa que hicimos fue no guardar rencor contra nuestra propia tierra porque fue una circunstancia. Los que nos hicieron los atentados fueron un grupo de personas, no los ciudadanos argentinos.
-¿En estos últimos viajes hablaste con argentinos que están viviendo allá?
-Sí, con muchos que se quedaban a esperarnos a la salida del teatro. Para muchos era muy duro, aunque otros estaban ya más asentados y acostumbrándose. Es que mucha gente con problemas económicos se tuvo que ir, pero dejó aquí lo afectivo. Durante mi vida me encontré con muchas personas de ese tipo. Durante seis años estuve yendo y viniendo a los Estados Unidos para trabajar. Por lo general, el servicio doméstico de los hoteles era de mujeres latinoamericanas: guatemaltecas, mexicanas, salvadoreñas... Todas ellas trabajaban para mandar el dinero a su tierra y también con la esperanza de podérselos llevar consigo a los Estados Unidos. Pero para eso, debían conseguir vivir tres años allí sin salir. No era sólo mandar el dinero, sino desarraigar maridos, hijos, padres, madres... Era durísimo. Es terrible el exilio ya sea por problemas políticos o económicos, como aquel caso de las latinas o en el caso de esta diáspora terrible que se armó desde la Argentina hacia otros países, sobre todo a España. Claro que también me encontré con mucha gente contenta, con trabajo, que se puso algún negocio con sus ahorros. Recuerdo que entramos a un negocio en Gijón cuyo dueño era un argentino que vivía allí desde hace tres años. Había tenido un negocio en Buenos Aires donde lo asaltaron 12 veces en un año. Me contó que su hermano llegó a matar a uno de los asaltantes y ahí decidieron irse del país. Levantó su casa, su familia y puso este otro negocio en el lugar donde habían nacido sus ancestros. Estaba feliz y no extrañaba nada porque había vivido una pesadilla muy grande. Eso también le pasa mucha gente.
-Se dice que, si bien tanto el exilio político como el económico son malos, lo que los diferencia es que los exiliados económicos no vuelven...
-No te creas. Se están volviendo algunos. El día que nos veníamos me robaron los documentos y tuve que ir al consulado argentino. El cónsul nos contó que en el último año se estaba volviendo mucha gente. No recuerdo si eran como 30 por mes o 30 por semanas, con sus familias o solos. Mucha gente se largó a España sin trabajo y se dieron cuenta de que no era tan fácil conseguir empleo y obtener los papeles. Esos se están regresando.
-¿Qué sentiste en 2001 cuando comenzó este exilio económico de miles de argentinos?
-Una pena muy grande por este país tan rico como el nuestro expulsara a sus hijos por hambre, no por necesidades. Todo por un desorden social tan grande que permitió el robo permanente por parte de un buen número de nuestros políticos en funciones, y que hizo que se hicieran los peores y siniestros negocios del traspaso de firmas del Estado. Algo que todos sabemos y que se sigue haciendo. Es que es difícil limpiar ese entramado mafioso que hay en el poder. Hemos llegado a ver gente comer de los tachos de basura y a una gran cantidad de población en la indigencia, en los límites más bajos de la pobreza. Eso es atroz. Pero por otra parte, también hemos visto las redes solidarias más fuertes que uno se pudiera imaginar. Se lo contás a un extranjero y no pueden creer que, siempre desde el ciudadano, se hayan armado tan rápido y que sigan siendo. Nuestra población es infinitamente generosa.
-¿No te sentiste nunca tentada a pedirle a alguno de estos argentinos en diáspora que se vuelvan?
-No. Muchos me pedían consejo. Pero la vida de cada uno es sagrada, es única y tiene un universo individual que resolver. Ningún caso se parece al otro. Salvo cuando están muy desesperados, que ahí les decía que lo piensen bien. No es fácil estar fuera del país sin trabajo. Pero, a pesar de estar mal, muchos tenían ganas de seguir intentándolo.
-¿Y dentro tuyo no tenías ese deseo?
-Y, sí... Muchos llevaron a sus hijos adolescentes. Y cuando los chicos se ponen de novios y se casan, ya nunca más vuelven. Era el miedo que teníamos con mi marido, en el exilio, porque nuestro hijo llegó a hacerse adolescente en España. Por suerte, se enamoró de una argentina y se vino de cabeza. Pero si no, ¿cómo hacés? Se te empieza a dividir el alma y la vida.
-¿”La señorita de Tacna” (obra que está representando la Argentina) está muy ligada a España para vos?
-Sí porque con esta obra volví.
-¿Volviste con ella o por ella?
-Emilio Alfaro me propuso volver a hacerla. La íbamos a hacer en España, en el Teatro Español, con dirección de José Luis Gómez. Fue un regalo de mis amigos. Me la dio Marilina Ross. Era ella quien la tenía que hacer, pero dijo que no e insistió en que la tenía que hacer yo. Cuando renunció Gómez al Español, no tenía la menor posibilidad de conseguir producción, ni teatro, ni nada. No me conocía nadie en España. Pero me encontré con Vargas Llosa que estaba en Madrid y se interesaba en que yo la hiciera. Cuando llegó Emilio, a los tres meses, decidimos volver a Buenos Aires. Bah, lo decidí yo y lo convencí a mi marido. Teníamos mucho temor porque estaba todavía el gobierno militar.
-¿Había más miedo o felicidad?
-Yo tenía mucha felicidad de volver, pero el miedo primaba bastante porque las amenazas seguían. Nunca se sabía qué podía pasar, pero preferí soportarlo y regresar a mi país.
-¿Cómo pudiste trabajar con esa presión?
-Les pedí a mis compañeros que no se acercaran demasiado a mí en el saludo final. Aunque revisaban a la gente en la entrada, yo tenía miedo de que un día me tiraran un tiro y se lo ligara un compañero.
-¿Qué vas a hacer al finalizar “La señorita de Tacna”?
-Tengo tres películas y una obra para montar, de autor norteamericano. Es una muy buena comedia para el Paseo La Plaza.
-¿Tenés previsto volver a España?
–Sí, sí... Inclusive quieren que vaya ahora al estreno de “Cama adentro”, pero es imposible. De todas formas, tal vez hagamos algo porque me han ofrecido dirigir teatro allí también, aunque no está nada confirmado. Pero todo esto sería para 2006.
-¿Por qué dejaste de trabajar en Hollywood?
-Porque quería estar aquí. Si yo venía del exilio... Hicimos “La historia oficial” y, a raiz de eso, me empezaron a llamar desde allí a trabajar, cosa que aquí en la época de Alfonsín no tuve ninguna posibillidad de trabajo. No me preguntes por qué: nunca lo sabré. Pero estaba más tiempo allí que aquí y no daba más. Quería estar en la Argentina porque para eso habíamos vuelto del exilio. Hasta que un día, cuando hice la última película en Hollywood, “One Man’s War”, con Anthony Hopkins, dije basta. Empecé a hacer teatro en Buenos Aires y tuve que empezar a decir que no a las propuestas norteamericanas.
-¿Ya no te convocan más?
-Sí, lo hacen. Aquí mismo tengo dos libros para terminar de ver y contestar. También tengo otro para Israel. Si es para ir a hacer una película: dos meses nada más, podría arreglar mis cosas aquí, si no, va a ser difícil. Fue una decisión que no me costó trabajo tomar porque no quería estar más tiempo alejada de aquí.

Viaje a Israel

Escrita en abril de 2006, porque sí, sin publicar.

Domingo de Pascuas en una contradictoria Tierra Santa

Odio, paz, armas y fe

Por Pablo Gorlero
(desde Tel Aviv y Jerusalén)


Israel no es un país común y corriente. El aire que se respira es distinto. De todas formas, llegar a Tel Aviv echa por tierra cualquier temor y muestra a los cordiales israelíes en la postal de una ciudad mediterránea donde el sol acaricia y el mar pinta de azul furioso sus gastadas calles pretendidamente modernas.
La vida cotidiana en un día común de Tel Aviv parece señalar que la violencia es sólo producto de un relato mediático que pareciera pertenecer a otra película. Pero el aire que se respira es distinto.
En el mercado de pulgas de Yafo –la ciudad vieja-, un muñequito mecánico con fusil y municiones se anticipa como un preludio de una pictórica engañosa. Entretanto, en el Dizengoff Centre, el mayor mall de Tel Aviv, la gente hace cola para esperar a que un guardia de seguridad les revise los bolsos y carteras, y les palpen el cuerpo. Es un “trámite” frecuente que se repite en restaurantes, bares, discotecas y tiendas varias. Parecería que esa requisa cotidiana no molesta, pero cuando este cronista apunta con su cámara de fotos, la indignación y los insultos comienzan a llover en forma de granizo. No está todo bien.
Para dos periodistas la curiosidad aguerrida e inconsciente por conocer esa tierra más a fondo se vuelve incontrolable. Tel Aviv no es el reflejo más fidedigno de ese pueblo, cercano por protagonista diario de la noticia y tan lejano geográfica y culturalmente.
Para alguien que profesa el catolicismo en forma modesta y discreta, Jerusalén remite tanto a valores histórico-religiosos como a tormentas políticas. Los judíos de distintas partes del mundo rezan en dirección a Jerusalén, convertida en capital por el rey David. Allí, como Muro de los Lamentos, quedan los únicos restos del Segundo Templo, del 517 AC, destruido por los romanos en el año 70. A su vez, los cristianos relacionan a la ciudad con los últimos años de la vida de Cristo, donde propagó su palabra y fue crucificado. Por su parte, es la tercera ciudad santa del Islam (luego de La Meca y Medina). Los musulmanes la vinculan con El Aksa, desde donde Mahoma ascendió al Séptimo Cielo.
Innumerables opciones de tours salen desde Tel Aviv hasta Jerusalén. El turismo es casi nulo, pero en el Pessaj judío y las Pascuas cristianas son unos pocos más los que se acercan al epicentro sagrado. De todos modos, la idea es caminar estas ciudades y circular por ellas como sus habitantes.
La opción es la aparentemente amenazadora ruta cotidiana: colectivo[1]-micro[2]-colectivo. La línea urbana número 4 de Tel Aviv, que lleva a la estación terminal, remite irremediablemente a algún focal de la sección Internacional de un periódico que ilustra el infierno de las bombas en los transportes urbanos. Pero todo es, en apariencia, normal y con una paz subrayada.
La terminal de micros muestra el verdadero rostro de este Israel enteramente amenazado. Así como en los shopping center, el control de acceso es exhaustivo y todos se someten complacidos. Adentro, la pintura es otra: la real. Un ámbito que baraja a niños y civiles corrientes con otros que cuelgan armas de guerra de sus torsos con la naturalidad de quien se coloca una riñonera. Entre ellos, se mezcla una multitud de hombres y mujeres uniformados también visiblemente armados. Todos muy jóvenes. Ese es el auténtico Israel cotidiano.
Unos 35 shekels (algo más de 7 dólares), andén 605. Allí esperan algunos civiles con sus característicos kipás, un religioso y un par de árabes, inconfundibles por su fisonomía y vestimenta. Entre ellos, dos civiles armados y al menos media docena de soldados. La paz que reina en ese pequeño ámbito no es natural, sino conveniente, prudente. El silencio es total y la ruta lánguida, con un paisaje árido y puebleríos desperdigados invita a un reposo forzado, evasivo e inútil. En el paisaje se advierten algunas poblaciones palestinas por estar separadas por altos paredones de cemento, colocados para evitar la tentación de los francotiradores. En pleno siglo XXI toda división provoca escalofríos.
En el asiento de adelante, un civil ubica su fusil entre las piernas y se duerme. El caño metálico no deja de observarme a los ojos. Una situación violenta, desestructurante que sólo es neutralizada por una fe y confianza natural, instintiva. Pero las caricias de Morfeo consiguen lo que podría haber sido fatal. El arma se cae en medio del pasillo del micro. Los únicos sobresaltados fuimos los también únicos turistas que desafiaban, por curioso instinto periodístico, a la caótica realidad sólo por empeñarse en conocer la historia desde sus entrañas.
Cuarenta minutos de viaje y Jerusalén sale a escena. “¿Dónde está el Muro de los Lamentos?”, pregunté a un señor de kipá que atendía una tienda de souvenirs. “Como a seis kilómetros”, informó. Un taxi es muy caro, un colectivo puede ser una experiencia ya vivida. Vamos a por él.
Paréntesis: en Tel Aviv, Shani, una adolescente de 15 años, fanática del grupo musical argentino Erreway, les confesaba a sus ídolos en una carta que: “No es fácil vivir aquí, en Israel. A veces, mi mamá no me deja ir al shopping o viajar en el bus. Hay tiempos que es muy peligroso. Y cuando vinieron en el año pasado en Pessaj, pareció que todos eran felices y olvidaron de todos los problemas del país” (sic). Era un clamor por normalidad, por una paz caprichosa que se empeña en jugar a las escondidas.
El colectivo es muy parecido a los de Buenos Aires. La línea número 1 nos dejaría “justo” en el Muro de los Lamentos. Era el comienzo de su recorrido y subimos sólo con tres mujeres religiosas jasídicas, con blusas de mangas largas, faldas extensas, pelucas y medias que no dejaban ver un solo milímetro de su carne. Durante las primeras cinco paradas, el vehículo se llenó. Un padre con sombrero circular de piel, barba profusa y vestimenta negra forrada en seda, le señalaba a su pequeño hijo, casi rapado, con dos mechones largos de cabello que caían desde sus sienes, a estos dos seres tan comunes y corrientes que resultaban extraños dentro de lo extraño. La noción del peligro volvía a aparecer. Un autobús repleto de judíos religiosos ortodoxos era un blanco ideal. A su vez, la conciencia de víctima se sacudía en igualdad de condiciones. Todos somos iguales para la intemperancia.
La adrenalina circulaba presurosa y el cerebro no cesaba de incorporar información empírica. La comprobación es un sentimiento que conmociona y es hasta convulsivo.

En Jerusalén

Ya abajo, in situ, frente a las murallas de la vieja Jerusalén, la historia vuelve a cobrar protagonismo. El cementerio del monte de los Olivos, Getsemaní y los restos del palacio de Herodes evocan, pero incrementan una sed de conocimiento que parece no tener límites. La iglesia ortodoxa rusa de María Magdalena –de cúpulas cebolla-, con la Iglesia de Todas las Naciones Getsemaní –de frisos dorados y multicolores- y el minarete de una mezquita entonan la primera estrofa de este verso multirreligioso.
El entusiasmo de transitar tantos años (siglos) de historia conmueve y revuelve algunos estadios dormidos. Y es inconfundible esa sensación de tener los ojos más abiertos que nunca. El aspecto machista de las religiones se hace notar desde la entrada misma al sector del Muro de los Lamentos. Es domingo de Pascuas, Pessaj para los judíos, por lo tanto la afluencia de ortodoxos es mucho mayor que lo habitual. Las mujeres entran por un lado y los hombres por otro. Este cronista era como una peca flúo entre la vestimenta negra típica de los judíos ortodoxos. Me sentía como aquellos caballos que se pierden en la sabana africana y, entre gacelas y cebras, son una presa curiosa y fácil para los leones.
Con mi camisa de jean y mi mochila era visiblemente sospechoso en ese universo compacto. Así fue que uno de los guardias de la entrada, un etíope judío, con un arma infinita, se hizo paso entre la multitud y avanzó hacia mí. Muy cordialmente, sin soltar su fusil, me apartó del grupo y me pidió el pasaporte, mientras me tocaba todo el cuerpo, sin amor, precisamente. Al ver el pasaporte argentino, su actitud se volvió más relajada. Revisó mi mochila y me dejó pasar. Para semejante partuza, nosotros no somos más que convidados intrascendentes y poco molestos.
Ahí la aventura deja ver su nudo. El Muro de los Lamentos parece una broma ante tantos pedidos de perdón, mientras en sus alrededores todos parecen estar preparados para una lucha. Las mujeres de lamentan de un lado, los hombres del otro. Y la ortodoxia se vuelve imposible de saborear para esta mente occidental, “estructurada” por la modernidad y la lógica natural. Otros dos hombres vestidos informalmente, de rostros más pálidos, pero con mirada ascéticamente profana llamaban la atención. Estaban asomados –casi colgados- a la valla que separaba la parte femenina del área. Al acercarme adivino lo que temía: “¡Ché, gorda, pasame la cámara de fotos! ¡Dale, dale, dale!”. Invasores y naturalmente sacrílegos, me hizo recordar la fama de mi nación en otros lugares del mundo. Cómplice, no pude más que esbozar una sonrisa.
Más arriba, por un sendero que, desde su entrada, cuelga un invisible letrero de “sospechoso”, se llega al sector musulmán. Unos imperativos en hebreo del guardia de seguridad impide a los turistas y visitantes subir. “¿Por qué?”, se preguntan. El desconocimiento del idioma inglés es la excusa perfecta para que la respuesta se ausente. Uno intuye que el hombre, de uniforme beige y ametralladora autosuficiente no quiere que uno ascienda hasta allí, simplemente, porque lo considera sitio peligroso. Una familia alemana que balbucea hebreo lo convence de que éramos nosotros los que debíamos decidir y no podía ser tan arbitrario en utilizar una ametralladora como barrera. Nos escurrimos y, antes de pasar la puerta de entrada, desde allí arriba, la visión completa del Muro y sus oradores inundó la atención. Tras la puerta: todo distinto, aparentemente. Parecía otro mundo. La conciencia se ve sacudida y el tiempo hace una gambeta en una situación y un instante sin límites que parece barajada por Henri Bergson. El Domo de la Roca, del año 637, erigido sobre lo que fue el Templo de Salomón, se impone coronando la colina con su cúpula dorada y una fachada de mármol y azulejos dorados que le otorgan una belleza inconmensurable. Frente a él, la mezquita de El-Aksa, con su “estacionamiento” de calzados en su entrada. En los jardines: familias, chicos jugando a la pelota y mucha paz. Pero en Jerusalén, aquella palabra sólo puede resistir en las plegarias y oraciones, no en las calles. A los pocos minutos de deambular por esa especie de simulacro de paraíso, dos guardias de uniforme, armas, facciones e imperativo distinto, se acercaron para pedir, gentilmente, que abandonemos el lugar. “Es el momento de la oración”, decían. Minutos antes, el grito del almuecín los convocaba a la oración. Y como coordinados en sus decires, comenzó a oírse un unívoco llamado a coro representado en sonido. Los pocos hombres que quedaban en los jardines, entraban en la mezquita. Los pocos visitantes éramos echados, pero con “gentileza”. Ni siquiera las fotos eran bienvenidas. Con gestos pedían que no tomásemos retratos de aquel mundo, diferente.
En Jerusalén todos los quarters o barrios, tienen entradas y salidas, ya que están muy delimitados, ya sea por murallas, senderos o callejuelas. La salida de ese sector conducía a un laberinto de callejuelas pobladas, en su mayoría, por tiendas y tenderos musulmanes.
La amabilidad de todos aquellos se convertía en acoso a medida que uno se adentraba en ellas. Es notoria la escasez de turistas y cualquier rostro que se asemeje extranjero es un posible comprador.
Entre la gente, a 30 metros de la entrada al sector sagrado musulmán, dos jóvenes judíos ortodoxos se abren paso sonrientes y desafiantes entre la gente, en contradicción con el mismísimo Martin Buber. Se dirigen hacia el pórtico con mirada fija hacia él, hablando entre ellos y riendo, claramente, como quien va a desafiar a su pandilla rival. Al llegar a la entrada, las personas de seguridad no les permitieron el acceso. Ellos se miraron, echaron a reír, insistieron sin mucho interés y sin éxito. Se quedaron deambulando por el lugar, vigilados por las innumerables cámaras instaladas en cada esquina y cada rincón.
Entre las tiendas, el calidoscopio de cultos y razas es sorprendente. Una primera visión atrapa a un dúo de monjas griegas que se mezclan con judíos jasídicos, musulmanes de atabio típico, monjes chipriotas, sacerdotes armenios, dos turistas gay finlandeses y dos matrimonios italianos comprando souvenirs cristianos. El abanico es tan variopinto que en cada rincón parece asomar un ascético Cioran gritando silogismos acusadores contra los dogmatismos de los hombres, utilizados para justificar existencia y actos. Todo en vano. Eso lo proclama un padre de familia de unos 35 años, de kipá y tzitzit que asoman por debajo de su chaleco, que carga sobre sus espaldas un fusil mientras empuja el carrito de su bebé. “Cuando no pasa nada, todos convivimos en armonía. No nos molestamos, casi nos ignoramos. Pero nunca vamos a tener paz”, afirma Fauzi, un palestino nacido en Jerusalén que lo observa con mirada gélida.
A través de ese celuloide de tiendas con narguiles, jalabiyas, lámparas de Aladino, manos sagradas de Mahoma, tabaco oriental, mocasines y remeras con el rostro de Jasser Arafat, uno se deja perder hasta llegar, casi milagrosamente, otra vez, al quarter judío. Allí, todo es pulcritud, está bien iluminado, señalizado y conservado. Otro mundo. Los restos de la calle Cardo Maximus, la principal vía pública de la ciudad romana-bizantina, revelan generosamente las dimensiones de un pasado en blanco y arena. Allí mismo, entre sinagogas, yeshivot, oficinas y tiendas de souvenirs: el dorado Menorah sagrado, donde los padres explican minuciosamente a sus hijos la esencia de sus sagradas escrituras y los detalles de su historia milenaria. Es conmovedor contemplar cómo los pequeñitos no demuestran el menor signo de aburrimiento ante cada relato. Casi todos los edificios fueron levantados tras la última destrucción, entre 1948-1967, a manos de los jordanos. Los patios enlosados, los jardines bien cuidados y la pulcritud de sus paredes hacen del quarter judío el sector más cuidado. Sin embargo aquí la mezcla es mucho menos notoria. Sobre todo por la ausencia casi absoluta de musulmanes. La sola lectura de los letreros indicativos de cada lugar histórico, ofrece una explicación sobre un odio que proviene desde las entrañas de la historia.

Entre griegos y armenios

En una de las plazas adoquinadas, abofeteada por un sol furioso, el rumbo queda perdido entre tanta imagen y suceso vivido. Aún faltaba vivir el barrio cristiano para obtener un sabor más general de esta sibarítica babel. De la nada surge Michele, un personaje vestido en un sport-pulcro, que ofrece cambiar dinero. Ante la negativa, se juega otra carta y brinda orientación. El muchacho de no más de 30 años, tenía el hilo de Ariadna que conducía adonde uno quisiese. Así fue como se empeñó en demostrar que el laberinto de Minos era insignificante al lado de las callejuelas de la Tierra Santa. El trayecto parecía una competencia sobre cuántas esquinas se podría virar por minuto. Mareados, nos encontramos un instante frente a su casa, de cuya ventana se asomaron su hermano y su madre, haciendo alarde de su perfecto manejo del italiano. Fue inútil decirle que entendíamos más el inglés, se adueñó de la lengua del Dante y nos invitó a tomar café a su casita de piedra. Provenientes de un inseguro país latinoamericano, no estábamos acostumbrados a aceptar el ingreso a una vivienda desconocida con gente desconocida que habla un idioma desconocido.
A Michele no le importó. Intentó recomendar algunas tiendas “que hacen buenos descuentos”, nos hizo ver un mercado de frutas y, ante un reclamo vestido de hartazgo, como por arte de magia, nos hizo aparecer en la puerta que conduce a la iglesia del Santo Sepulcro. El mundo musulmán que habíamos vuelto a atravesar se evaporaba tras esa puerta que daba un bosquejo acabado de a lo que habríamos de acostumbrarnos por unas cuantas horas. Michele reclamó sus billetes (porque no acepta monedas) y partió sin decir adiós. Acostumbrado a tanto euro y tanto dólar, no comprendió que la tierra de Maradona no es tan fructífera como los países del Hemisferio Norte.
Habíamos llegado al Christian Quarter. Si no hubiera sido por las iglesias, no nos hubiéramos dado cuenta. Estaba repleto de sacerdotes griegos y chipriotas, cuyos atavíos –como es de imaginar- no son nada familiares. Tocados cuadrangulares, largas barbas y cabelleras atadas “con colita”. Asimismo, las mujeres religiosas parecieran esconder enormes peinetones debajo de sus tocados. Pero sí, hay que dejarse subyugar ante el cosquilleo al tomar conocimiento de que se transita por la “vía dolorosa”, aquella senda por la cual Jesucristo acarreó su propia cruz hasta el lugar de su muerte. Pero esa poco atractiva iglesia de piedra amarilla guarda los lugares más sagrados del cristianismo. La tradición indica que la emperatriz Elena, madre de Constantino, en el año 325, soñó el preciso lugar donde se encontraba la tumba de Jesús. Allí mismo, el soberano heleno ordenó construir tres edificios diferentes donde alguna vez estuvieron los jardines de José de Arimatea: una iglesia circular sobre la sepultura vacía de Cristo, la basílica del Martirio y el santuario del Gólgota, donde fue crucificado. Ante los primeros pasos está la piedra bautismal embebida en agua bendita y coronada por faroles barrocos sobre la cual la mayoría se inclina y coloca sus frentes para orar, mientras otros apoyan cruces, souvenirs y hasta billeteras para que el líquido sagrado les bendiga los bienes. Es el lugar donde estuvo apoyado el cuerpo de Jesús cuando fue bajado muerto de la cruz. Todo está indicado por un gran mosaico sobre la pared frontal. La sola visión es como una caricia que eleva el mentón hacia arriba, a la derecha. Allí, en ese montículo al que se accede por una escalera angostísima, está el Gólgota, el sitio donde estaba erigida la cruz de Cristo y el lugar en donde sufrió su calvario. Abajo nuevamente, a unos 20 metros en un sector circular, la capilla del Santo Sepulcro. Allí toda ilusión posible es combatida rabiosamente por la acción de los hombres que la rodean. El instante era el perfecto: las 6 de la tarde, cuando se reproducía el momento en que se descubrió que el cuerpo de Cristo ya no estaba en su tumba porque habría resucitado. En la entrada del santuario, como aquellos legionarios romanos, unos cinco sacerdotes ortodoxos griegos lo custodian. Ese es el verbo exacto porque no dejan siquiera aproximarse a nadie. Sobre el lateral izquierdo se amontonan unas cincuenta personas. Un poco más atrás, como alejados de la acción, cuatro monjes franciscanos dialogan entre ellos, ajenos.
Uno de los sacerdotes griegos grita unas palabras en lenguaje helénico. Gracias a la amable traducción de una turista italiana, nos enteramos de que arengaba a la multitud a gritar: “El cuerpo del Señor ha desaparecido”. Todos lo hacían con un júbilo indisimulable que pone la piel de gallina hasta al más agnóstico. De inmediato, comienza una miniprocesión, realizada por unos cuantos sacerdotes. Apenas ésta culminó, adivinamos que se daría acceso al sagrado lugar. Los religiosos decidían arbitrariamente cómo se entraría, seleccionando de a cuatro a aquellos amontonados al costado. La posibilidad de hacer una fila parecía imposible en ese contexto de fieles pujantes –en el sentido literal de la palabra- y de sacerdotes cuyos modales no son lo que se dice corteses. Una mujer griega, con su cabeza cubierta por un pañuelo celeste, se adelantó antes del permiso y el religioso de aparente mayor rango la tomó de los hombros y la aventó hacia el otro costado. Entretanto, otra feligresa griega, de vestido larguísimo y mantilla oscura que le cubría la cabeza y los hombros, se abría paso ante el scrum cristiano y se colaba a fuerza de codazos. Al mismo tiempo, dos colaboradores de los custodios griegos, hacían una suerte de cordón que, para lo único que servía era para apretujar más y más a la gente, con mayoría de ancianos. Esta contradicción era otra muestra perfecta del estado de una civilización futil que en su estado de mayor fanatismo muestra su aspecto más sucio e ingrato y, a la vez, el más sincero: aquel que demuestra que a veces el culto es sólo una justificación de sus actos.
Finalmente, luego de un poco más de una hora, la compresora humana culmina y llega el momento. Es increíble, pero uno tiene que hacer el esfuerzo para combatir el enojo y prepararse a vivir un momento intenso. Todo en cuestión de segundos. Mientras uno de los sacerdotes selecciona, otro echa a los gritos a un japonés que, sin darse cuenta, pretendía fotografiar la capilla desde su interior. Pero el tercero componía un rol más amable. Me ofreció su mano para que la bese, como la mayoría, sin saber que nunca besaría una mano peluda si no tomamos un café con antelación. Hice dos pasos en la antesala al Santo Sepulcro. Pequeñísima, como para tres personas no muy voluminosas. Allí ya estaba entregado. No le besé la mano pero dejé que me la tome y se la apreté. Uno es humano, sensible y fue a colegio de curas. Se entra al sepulcro de a dos. Mi acompañante era una mujer griega de unos cincuentaipico que no paraba de besar al cura y decirle cosas incomprensibles para mí. Apenas nos dieron permiso para acceder al santo lugar, se avalanzó sobre el Sepulcro y lloró a los gritos. Me dejó un rinconcito. Si hubiese sido más gorda se lo agarraba todo. Apreté “delete” en mi cerebro inmediatamente y me dejé acariciar por la sensación. Es increíble. Ningún Machu Pichu, ni pirámide azteca, ni hongo alguno puede lograr eso. La frente sobre la loza donde, supuestamente, estuvo el cuerpo de Cristo hasta que resucitó fue suficiente para que una catarata de emoción suba por mi estómago, me invada el pecho y me cubra los hombros. Lloré de sinceridad. Mi vulnerabilidad había sido puesta a prueba y sufría una estocada preciosa allí, en esa tierra tan santa que todos se la disputan.
Luego de esa experiencia: el silencio. El procesador biológico recibía nuevos datos para los cuales no tenía un programa óptimo. Tardó en incorporarlos, pero quedaron asentados para siempre, efectivos. Cada lugar remitía a algún episodio bíblico escuchado de muy chico y, por lo visto, inmovilizado pero en estado latente. La celda de Cristo, el sitio donde María lo lloró por última vez y cada sector de la Vía Dolorosa, por donde supuestamente cargó su cruz.
Eran las 19.30. Afuera ya estaría oscureciendo. Había que comprar recuerdos para los amigos y la familia. ¿Cuándo el destino podría volver a llevarlo a uno a esas tierras? Por supuesto, las tiendas del barrio cristiano también estaban atendidas por palestinos. Alguna que otra, por griegos o armenios. Hartos del acoso, recalamos en una de éstas. Souvenirs varios como “auténtica” tierra del lugar, cruces y rosarios hechos con madera del Monte de los Olivos, esencias benditas y muchas chucherías más fueron a parar a mis bolsillos. La mística se había occidentalizado de pronto en su forma más grotesca. Todos esos objetos fueron puestos, como antes lo había criticado, sobre la pila donde fue depositado el cuerpo divino. En ese mismo sitio, un sacerdote de hábito occidental se acercó imperativo y obligó a todos los que allí estábamos a que nos retirásemos. Como argentino retobado me negué y el religioso me tomó de las mangas de la camisa y me obligó a hacerme a un lado, en otra muestra de tolerancia religiosa. De pronto, comenzó a acercarse una procesión de una veintena de personas. Ese era el motivo. Había que hacerse a un lado para no ser aplastado como el Rey León frente a la manada de ñus. Los religiosos que presidían la peregrinación eran armenios. Aunque parezca parte de una broma grotesca, la custodia del Santo Sepulcro también está disputada por dos grupos: la Iglesia Ortodoxa Griega y la Iglesia Católica Armenia. Para no empezar a los tiros (porque se supone que en estas tierras los católicos no empuñan armas... sólo las proveen), se turnan en los horarios de oración y amparo. Sí, como en los palacios reales o en las casas de gobierno, en el Santo Sepulcro hay una suerte de “cambio de guardia”, pero de sacerdotes. Ellos viven en aparente calma, pero no se mezclan demasiado.
Un rumor sobre un probable enfrentamiento palestino-israelí en la ciudad vieja hizo que los sacerdotes cerraran las puertas de acceso a la Iglesia del Santo Sepulcro durante el Jueves Santo. Ese motivo llenaba de apuro a muchos visitantes. Nada en aquel lugar era seguro y el alerta podría volver a repetirse en cualquier momento. Es decir, al llegar a la histórica Jerusalén, no hay garantías de poder acceder a todos los sitios.
Había sido una tarde intensa. El mercado de frutas nos llevó directamente a la Puerta de Damasco, una de las entradas-salidas a la amurallada ciudad.
Afuera era de noche. Los vendedores intentaban vender lo último que quedaba. Pero los nagriles, las mezuzá, los talit y los menorah se mezclaban con juguetes importados de China, algunos electrónicos menores y ropa de baja calidad. El calidoscopio ofrecía su último dibujo refractando monjas, judíos askenazis, hábitos jasídicos, griegas ortodoxas y musulmanes de todo tipo. Era tarde. Había que tomar un taxi para llegar pronto a la terminal. En Israel también hay que regatear los taxis. A la pregunta de “¿Cuánto cuesta ir hasta la estación de autobuses?”, la respuesta fue: “Está cerrada”. Caos. El palestino era extremadamente amable, bajó de su automóvil y nos condujo a una van estacionada que, si reunía los pasajeros suficientes, nos llevaría a Tel Aviv. Una hora de espera adentro del vehículo fue suficiente como para agotar la visión de tan variopinto paisaje humano. No se llenó, pero había personas suficientes como para partir. En lugar de pagar 22 shekels, tendríamos que pagar 25. Todo el resto del pasaje y su chofer eran palestinos. Estábamos en una situación inversa a la de llegada. Estar anegado en un grupo cerrado, sea del bando que fuere, no era precisamente una garantía de seguridad sino de vulnerabilidad. La van iba a alta velocidad y eso traía a la mente escenas de películas de todo tipo. En la ruta: kibutz, asentamientos palestinos, villorrios y puestos de control israelíes. Ocurrió lo previsible. Allí tuvo que parar el vehículo cargado de musulmanes y dos intrusos. Hubo que bajar y someterse a una revisación que no constaba de ecografía, seguramente porque no había enchufes. De inmediato, al constatar que éramos extranjeros y, luego de revisar muy bien el vehículo, nos hicieron subir. La sensación de ser sospechoso sin serlo y culpable de nada es agobiante. Los demás, en cambio, estaban relajados. Ya no quedaban muchas ganas para preguntas. Era obvio que estaban acostumbrados. De eso se trata vivir en Israel en estos momentos: de habituarse a la guerra, de prepararse para el ataque y de, cada vez más, perder las ganas de llorar. Sólo por hábito. Debido a un acostumbramiento dictado por un destino sádico y un momento histórico que aspira a perdurar durante décadas. Para mí, un simple cronista vulnerado: una jornada que queda grabada con fuego. A mi retorno a Buenos Aires, un artículo de Manuela Marín, filóloga experta en arabismo, en el diario El País (España) me restregó el corolario en las narices: “Nunca se podrá discutir sobre cuestiones de fe”.


[1] (Argentinismo) Autobús urbano de corta distancia.
[2] (Argentinismo) Autobús de larga distancia.
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